Yo escribiendo sobre el amor… Lo último que le faltaba al mundo. Yo, que aún tengo TANTO que aprender acerca de la decisión que es amar. Pero te prometo que si lees la nota completa entenderás por qué me he aventado a esas aguas sin saber nadar (y sin piernas ni flotador).
Quienes me conocen íntimamente se habrán percatado de que, por lo menos cara a cara, me cuesta decir “te quiero” sin hacer una mueca, alguna otra payasada o sonido extraño. Y si en determinado momento lo he dicho sin rodeos, bueno, sepan que llegar a ese punto me ha costado trabajo, múltiples transferencias bancarias a mi psicoterapeuta y mucho tiempo.
No recuerdo haber oído la frase “te quiero” muchas veces cuando era niño. Tengo memoria de haberla leído en cartas de cumpleaños, pero no de escucharla. Lógicamente, tampoco me acostumbré a decirla. Crecí pensando que si no me decían te quiero (o no con la frecuencia que mi cerebro de 8 años consideraba aceptable), significaba que no me amaban, o por lo menos no tanto. Creo que es justo echarle un poco de la culpa a algunas películas de Hollywood y a mi niñera, que me obligaba a ver novelas con ella cuando mis padres no estaban en casa.
Así atravesé toda mi niñez y adolescencia, pensando que el amor solo se decía y sintiéndome un poco mal por no oírlo. Era muy joven, claramente aquella noción errada del amor me afectaría en cierta medida. Sin embargo, la niñez y la juventud son excusas finitas a las que no podemos recurrir por el resto de nuestras vidas—lamentablemente. Tarde o temprano debemos decidir entre abrir los ojos ante el amor que siempre estuvo frente a nosotros o seguir engullendo mentiras y rencores injustos y sin raíces reales.
Hacia el final de mi adolescencia, vencido por mis expectativas, mi mente—y quizá también mi instinto de supervivencia—empezó a mostrarme lo equivocado que estaba. Empecé a hilar una nueva narrativa, una que me funcionara. Comencé a recordar, a rebobinar el cassette y a notar “trivialidades”.
Cuando era niño las matemáticas no se me daban. Todavía no se me dan (ni se me darán). Mi mamá lo sabía. Ella llegaba a la casa tras atender a más de 30 pacientes en la clínica, se cambiaba de ropa, comía rapidito y se sentaba durante horas a enseñarme los números romanos, las tablas de multiplicar y a dividir. Tomábamos siestas y descansos para comer y continuábamos. En ocasiones, cuando pienso en esas insufribles jornadas de estudio, se me aguan los ojos. A pesar de su cansancio acumulado, de lidiar con sus propias frustraciones y de ser la madre de otros tres chiquillos, ella se desvelaba las noches que fuesen necesarias para que su hijo menor, que para colmo a veces podía ser totalmente insoportable, no fracasara.
La primera vez que me mudé fuera de casa, mi mamá me llamaba todos los días y siempre repetía el mismo guion: “hola, Dios te bendiga. ¿Cómo estás?”. Si mi respuesta era “bien, gracias. ¿Y tú?”, ella contestaba “bien, gracias a Dios”, y luego colgaba automáticamente. Así nada más. Eso era amor, su amor, el amor que aprendí a leer en su increíble singularidad.
Creo que mi papá me ha dicho “te quiero” dos veces en 29 años. ¿Importa? ¿Realmente importa? Nunca me faltó comida, ropa, educación, techo, consejos sabios ni tampoco su presencia. Prefiero un padre comprometido con su familia que jamás haya ganado el premio al papá más afectuoso a uno irresponsable y ausente cuyo “te quiero” no sea más que su culpa hablando.

Cuando tenía como 15 años le dije a mi papá que me gustaba el Snickers. Desde entonces, cada vez que va al supermercado me trae uno. Eso también es amor. Debo admitir que ya casi ni me gusta ese chocolate, pero no tengo corazón para decirle. Aparte, me gusta abrir la nevera y verlo ahí dentro.
Como probablemente ya sabes, la vida es un gran chiste. Y para reírse de mí, hace algunos años me relacionó con una persona que se quejaba porque yo no le decía a menudo cuánto le quería. En ese momento escribí en mi diario las siguientes líneas:
“(…) La gente debería cerrar los oídos y abrir los ojos (…). ¿Cuenta más un ‘te quiero’ a un ‘te hice café como te gusta, con una de azúcar y dos de leche’?”.
En realidad, las dos formas de expresión cuentan o valen por igual. Pero si tuviese que escoger… preferiría la segunda de las descritas en mi diario.
Sigue la dinámica en Instagram
30 días de amor no verbal ni físico nace a partir de mis experiencias personales entendiendo y aceptando el amor de otros. Se trata de una nueva dinámica que realizaré a través del Instagram de El Callo Morao.
Le he pedido a 30 de mis amigos, familiares y conocidos que compartan historias de cuando otras personas le han demostrado su cariño mediante cualquier acción que no involucren expresiones verbales ni físicas, que son, digamos, las más tradicionales, obvias o fáciles de notar.
Básicamente, la nota que leyeron arriba es el preludio de esta actividad. Compartiré una historia diferente cada día durante los próximos 30 días. Empezando desde el lunes 7 de septiembre hasta el martes 6 de octubre.
Aprovecho la oportunidad para agradecer a cada persona que compartió su testimonio conmigo y los lectores de este blog. Y a ti, que estás leyendo esta pieza ahora mismo, también te agradezco por tu tiempo y atención. Sigue la cuenta de Instagram y mantente al tanto de cada historia.
