Buen café hay en muchos sitios

El otro día juré no regresar nunca más a un café de la ciudad. Además de que siempre encontraba el lugar extremadamente frío, y me da la impresión de que lo hacen a propósito para que los clientes consuman y se vayan rápido, lo cual me parece avaro, vi a los jefes del local maltratando a sus empleados.

De hecho, ya lo había notado antes, pero aquella vez pensé: «quizá hicieron alguna cagada y se lo merecen». Así que seguí yendo, abrigado. Hasta que el maltrato se hizo costumbre. Lo peor es que los hombres no se inmutaban en disimularlo, ni siquiera frente a sus clientes. Definitivamente no frente a mí, que trataba de contestar correos mientras temblaba (con todo y abrigo) en la mesa de al lado.

Dirigiéndose a la mujer que, según entendí, era la administradora del local, el dueño no gritó ni levantó la voz. Mirándola a los ojos, insultó sus capacidades serenamente, empleando un lenguaje pasivo-agresivo detestable. Lo cual es peor a que te griten «pedazo de idiota incompetente» al ras y frente a 100 personas, en mi opinión. Luego vi y escuché al contable del sitio llamar idiota al que deduje era su asistente. El chico, desnudado de toda dignidad no dijo ni hizo absolutamente nada, quizá por la agobiante necesidad de conservar un trabajo pospandémico a toda costa.

El buen café, la comida preparada adecuadamente y servida a la temperatura correcta, la calidad óptima de cada producto empleado y el buen servicio son generalidades básicas que todo cliente espera y debe recibir a cambio del dinero que invierte en cualquier establecimiento. Pero los clientes no solo estamos al tanto de lo mínimo que tú, dueño o dueña de local, estás obligado a ofrecernos—en teoría. También lo estamos del ambiente laboral que propicias.

Buen café hay en muchos sitios, incluyendo en lugares que regulan mejor su temperatura. No tengo por qué regalarle mi dinero a señores tóxicos vestidos con polos Ralph Lauren desgastados y mocasines gamuzados; prepotentes que evidencian su fragilidad vomitando sobre sus colaboradores, que por muy imperfectos que resulten en ocasiones, probablemente la mayoría del tiempo den lo mejor de sí para hacer prosperar el negocio y conservar sus trabajos durante más tiempo, pero sin ver reflejados los resultados de dicha prosperidad en sus realidades personales.

A juzgar por el cálculo reciente que hice de mi absurdo y penoso gasto anual en café y cafeterías, aquel día esos señores perdieron mucho dinero por parte de un cliente leal y tonto dispuesto a pagar cuatro dólares por un flat white varias veces a la semana solo para responder correos, leer, escribir o adelantar pendientes. Cosas que bien podría hacer en casa gastando cero dólares con cero centavos.

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