Otro día normal a bordo de un Uber en Panamá

Mientras iba en un Uber, el chico se voltea para pedirme un favor: «¿puedo parar un momentito en una gasolinera?» Por supuesto, respondí. Llegamos a la estación más cercana y el joven estacionó su auto cerca de los baños. Se baja, se tarda algunos minutos y listo, regresa al carro.

Volvimos a emprender el viaje hacia mi destino y enseguida, estableciendo contacto visual conmigo por el retrovisor, empieza a contarme que hace algunos días había escuchado la conferencia de un motivador que decía que siempre debemos tratar de ser felices porque la felicidad no es más que una decisión personal, a pesar de cualquier situación que estemos viviendo. Yo pienso—continuó el chico mientras alternaba su mirada entre la vía y mis ojos—que no hay nada como orinar. Cuando uno orina, el cuerpo entero se relaja. Uno siente una felicidad indescriptible que no te la regala nada más. No importa si estás teniendo un mal día o si un familiar se te haya muerto, cuando orinas eres realmente feliz y te olvidas de todo. Es una sensación increíble, concluyó.

A mí todo esto me pareció algo extremista porque 1. No creo que el orine pueda consolarme lo suficiente si uno de mis gatos muere atropellado por el vecino ni si el corazón de mi mamá deja de latir mañana; 2. El placer de orinar no es comparable, ni siquiera mínimamente, con la desorbitante felicidad que proporciona cagar. Sobre todo cuando te has estado aguantando las ganas durante horas.

Pero no dije nada. Mientras lo miraba a través del retrovisor y él me compartía su opinión sobre el acto de orinar, solo sonreí a través de mi mascarilla y esbocé un «sí. Jaja». Otro día normal a bordo de un Uber en Ciudad de Panamá. La experiencia fue un tanto surreal y bastante inesperada, así que lo califiqué con cinco estrellas por originalidad y audacia.

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