Diario: 4 o 5 de agosto de 2020

Me quiero quedar a vivir en este parque.
Aquí oigo todos los sonidos y noto todos los olores que mi vida necesita.
También es verdad que ahorita mismo siento muchos animalitos caminándome por el cuerpo, pero no me importa. No es relevante.

Aquí sonrío más que en cualquier habitación. Me siento a gusto en este inmenso cuarto de tierra y bichos y rebotes de pelotas.

Allá está la gente y acá estoy yo. Estamos juntos, pero separados. Respetándonos. Cada quien en lo suyo. Como dentro de un suyo colectivo. Acá, yo solo, todo vestido de negro. También con mascarilla negra puesta. Y con una hormiga negra atravesando mi antebrazo izquierdo.

La tuve que matar porque me estaba haciendo muchas cosquillas. No podía soplarla porque todavía no está permitido quitarse la mascarilla en lugares públicos, aunque sean abiertos [a veces pienso que soy un seguidor más, una oveja más. Obedezco las reglas mucho más de lo que me gusta admitir].

La maté, pero no debí hacerlo. El invasor soy yo. Si esta banca de cemento no existiese, intrusa, entre decenas de árboles, aquí, clavada profundamente en la tierra húmeda de las cuatro de la tarde, la hormiga no se hubiese visto en la necesidad de pasarme por encima.

Digo que la maté porque rocé bruscamente mi antebrazo izquierdo, por donde caminaba, contra mis costillas. Y luego no sentí más sus patas [no puedo creer que sienta culpabilidad por matar a una hormiga. Todo es culpa de la iglesia y de los activistas ambientales].

Bueno, en realidad no sé si la maté. No me súper consta. Igual, me acabo de quitar rudamente otra hormiga de la rodilla derecha.

De cualquier forma, aquí es donde quiero estar, en este parque, en vez de permanecer recluido en el interior de una casa, haciendo cosas de adentro.

Las sombras de las ramas de los árboles bailan sobre la vereda. La brisa me canta al oído. Veo perros corriendo por todas partes junto a sus dueños. El viento me mueve las hojas del cuaderno y este jugo de guayaba está delicioso.

Me acompaña un libro gigantesco. Es la primera autobiografía que leo cuyo sujeto conozco personalmente: la autobiografía de Millie, una amiga de más de 96 años. Me acompañan Millie, todos sus hijos, incluso el fallecido, y también Walt, su difunto esposo. ¿Ella? Viva. Pero conmigo, ahorita mismo, están su vida y memorias en palabras.

Parque Omar, Ciudad de Panamá, Panamá.
Hoy es cuatro o cinco de agosto de 2020. No recuerdo y no quiero sacar el celular.
Completamente solo, durante mi día libre de cuarentena (lo que sea que eso signifique).

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