
Siguiendo la recomendación de una amiga, leí La vida a ratos del periodista y autor valenciano Juan José Millás. Tras pasar las primeras páginas del libro, sabía que me gustaría. Antes de llegar a la mitad, supe que se convertiría en uno de mis libros favoritos. Terminarlo y guardarlo me entristeció, sentí un vacío de inmediato. Quería regresar el tiempo al momento en que leía sus primeras líneas.
El libro es la recopilación de 194 semanas vividas por su autor, un hombre de tercera edad, quien quizá pueda subsistir sin mucho excepto por un gin-tonic a media tarde. Es un diario. Eso es todo. Ya está. Ah, ¿pero escrito por quién, y cómo? Ahí está la cuestión.
Sueños y pesadillas; lo que fue; traumas aparentemente insuperables; los amigos; instantes de completa paz; una muerte por aquí, obsesiones; visitas al psicoanalista; enfermedades; fantasías; vergüenzas; amores; lo que nunca fue; confusiones, la familia; negaciones; recuerdos; otra muertecita por allá; encuentros inolvidables; caídas que evidencian el paso del tiempo; alegrías fugaces; tristezas arraigadas; el arte de reírse de uno mismo… Comedia – la vida.
A partir de los momentos más cotidianos o intrascendentes de su vida, Millás crea relatos envolventes y sensibles, dignos de conservarse en los gigantescos archiveros de la historia del arte escrito. ¿Por qué? Porque encapsulan la universalidad de existir, esa sensación de nulidad absurda, de vivir como flotando en la galaxia sin entender casi nada.
Pero si existe la posibilidad de transitar la vida viéndolo todo a través de sus lentes, con tan solo una pequeña dosis de su pícaro humor y don para observar el mundo desde una esquinita «sin meterse con nadie», entonces, de repente, me dan más ganas de darle cuerda a mi existencia.
En fin, evito escribir sobre las cosas que me gustan mucho porque siento que jamás logro expresarme lo suficientemente bien ni con las palabras exactas para explicar mi razonamiento y hacerle entender a los demás por qué dicha cosa me impactó tanto. Pero, heme aquí, intentando hacer precisamente eso.
Regresando a lo que nos compete, soy incapaz de escoger mi instante favorito del libro, pero cuando leí este, estuve seguro de querer compartirlo aquí. Si estoy tan siquiera un poquito más enamorado de la vida hoy, quizá sea por este pedacito de realidad irrepetible que encontré en La vida a ratos:
Semana 76
Lunes. En el metro, sentado, con el aire acondicionado golpeándome en la nuca. Voy leyendo un libro de poemas que de vez en cuando me obliga a levantar un poco la vista, para digerir un verso. Levantar la vista, dada la posición inclinada de mi cabeza, significa tropezar con los pies de los viajeros. Veo zapatos menesterosos, calcetines caídos, bordes desgastados de pantalones. También las piernas desnudas de las mujeres con falda. En esto, entre todo este muestrario, descubro un pie maravilloso, prácticamente desnudo, con las uñas pintadas de un rojo intensísimo. La sandalia sobre la que se asienta, de tacón de aguja, solo tiene dos tiras, la del talón y otra muy delgada que atraviesa en diagonal la extremidad. El erotismo clásico que desprende el conjunto me obliga a regresar, avergonzado, al libro. Entonces me doy cuenta que solo he visto un pie, no su pareja. La busco por los alrededores sin resultado alguno, y cuando levanto la vista siguiendo la línea del cuerpo advierto que le pertenece a una chica a la que le falta una pierna. Lleva una falda muy ligera, por encima de la rodilla, y sustituye la pierna ausente (la derecha, a la altura, calculo, del muslo) con una muleta sorprendentemente ligera y funcional. Es muy guapa y va muy bien arreglada, con los labios pintados del mismo rojo intenso de las uñas del pie y una melena negra, muy espesa, que le llega a los hombros. Le calculo unos treinta años. Me levanto, le ofrezco mi asiento y lo acepta con una sonrisa de gratitud. Una vez sentada, hace el gesto de querer decirme algo. Agacho la cabeza para colocar la oreja a la altura de su boca y me dice:
—Me encanta esa poeta.
Se refiere a Idea Vilariño, la autora del libro que iba leyendo yo. A continuación, casi en un susurro, recita unos versos suyos que precisamente acabo de leer:
—»Qué fue la vida / qué / qué podrida manzana / qué sobra / qué desecho».
Me pongo en pie aturdido, con la respiración entrecortada, preguntándome por qué el destino nos envía, sin avisar, estos ángeles que entran en nuestras vidas y salen de ellas como una corriente de aire.
En efecto, dos paradas más allá, la chica sin pierna se incorpora sobre su sandalia de tacón de aguja, me lanza una sonrisa de afecto y abandona el vagón. Durante unos instantes, la veo caminar por el andén como una gaviota que tuviera dificultades para emprender el vuelo, arremolinándose la falda en torno a la ausencia.
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