
¿A veces no te apetece recostarte sobre una rosquilla inflable gigante y ser llevado por la delicada corriente de un río? Sin que el sol sea un tema, sin que nos queme y sin que, de repente, aparezca una cabeza de agua capaz de arrastrarnos hacia la muerte. Que estemos ahí, solo fluyendo, sobre el agua. Tan tranquilos como Jesús estuvo caminando. Mirando hacia el cielo sin que los rayos del sol lastimen nuestras pupilas, los pies guindando fuera del flotador y la nalga, con la puntita saliéndose por el agujero de la dona, mojada y refrescada por el agua que nos pasa debajo. Pensando en nada. Sin hacer nada. Escuchando el agua correr, sin pájaros cantando, porque aturden el cerebro y nos desenfocan. Pero sí con el sonido de las rocas moviéndose debajo del agua. El agua fría – no confío en los ríos tibios, mucho menos calientes. Flotar, flotar y flotar, sobre el agua que fluye incansable. Vamos seguros, encima de nuestro gran flotador de rosquilla con glaseado de fresa y chispitas de colores. Sería sensacional poder pausar la vida y las reuniones por Zoom y Google Meet y, cuando así lo deseáramos, abrir alguna puerta de la casa y encontrar del otro lado un río corriendo, y sobre un perchero, el flotador ya inflado y listo para cargarnos sobre el agua que no hace más que renovarse. Echar la cabeza para atrás, cerrar los ojos y dormirse con la boca media abierta. Que nos dirija. Que nos lleve. No importa la falta de dirección o destino. Que siga la corriente. Que se deje llevar, liberándonos de la responsabilidad de decidir durante el tiempo que estemos sentados sobre él. Hasta que queramos bajarnos, abrir la puerta y regresar al otro lado de la realidad, donde somos flotador y agua a la vez. Lujo de lujos, el gran lujo de nuestros tiempos: no hacer nada y sentirnos tranquilos no haciendo nada. Detenerse. Quiero una de esas puertas —con río y flotador incluidos— y no sé qué hacer para conseguirla.
