En medio de la crisis que atraviesa Panamá, una de las peores en décadas, me surgen algunas dudas.
¿Cuántos días debe trabajar el panameño promedio para brindar con una botella de Macallan 18? Mientras las calles del país se convierten en campos de batalla nublados por gas lacrimógeno, un grupo de políticos consideró oportuno grabarse celebrando y bebiendo whiskey de 500 dólares.
Se defendieron alegando que compraron el whiskey con su dinero. Pero no comprenden que ese no es el punto. De cualquier forma, ¿de dónde proviene «su» dinero?
En el video, no apto para hipertensos, una diputada-princesa propone un brindis en nombre de otro diputado, homofóbico, a quien hace apenas un par de años culpaba públicamente de agredirla físicamente. La acusación se destapó entre gritos y lágrimas, mientras la supuesta víctima estrellaba violentamente una indefensa botella de agua contra el escritorio de su curul en la asamblea nacional (esta escena es mi sticker favorito de WhatsApp). Pantomima barata. Supongo que a la princesa le dio la «Ghana» de olvidarse de todo. Pero a nosotros no.
También me pregunto si al excelentísimo presidente de la nación le preparan su desayuno, almuerzo y cena con los productos cuyo precio congeló – «solución» contraproducente que resulta insultante a nuestra inteligencia.
En todo caso, me imagino que el menú sería hot dog en pan michita con mantequilla de romero y salchichas ahumadas en leña de nance. Acompañado de una ensalada fría de coditos con aceite vegetal, tomate cereza y cebollita morada, para que se vea más yeyé. De tomar, la siempre refrescante chicha de policía, si es que hay agua. Pero supongo que ni en Punta Pacífica ni en el palacio de las garzas se va el agua de repente. Peco de ingenuo. Discúlpenme.
Nuestro gobierno culpa de todas nuestras desgracias a Putin y a la pobre COVID-19, que ni boca tiene para defenderse. ¿Será verdad que esos dos son los absolutos responsables de cada problema que padecemos los panameños?
Debatible. A mí me parece que la gente ya está harta de:
- Los escándalos de corrupción y malversación de fondos en plena pandemia.
- El nepotismo.
- La innecesaria creación de nuevos corregimientos que incrementan el gasto público.
- Los inhumanos precios de los medicamentos y descarado monopolio de la industria farmacéutica.
- La aprobación de licitaciones millonarias para favorecer a allegados.
- Que la actual administración haya aumentado el gasto de la planilla pública a 53 millones de dólares en 2022. Exactamente lo contrario a lo que otros países han hecho para tratar de contrarrestar los estragos de la crisis mundial.
- Ser la gran «Dubái de las Américas», pero con un sistema educativo deficiente que durante años nos ha ubicado en las últimas posiciones entre los países mejor preparados.
- La explotación de nuestro heroico cuerpo médico y docente, quienes luchan incansablemente para ser remunerados justamente.
- Ser el país más desigual de Centroamérica, el segundo de Latinoamérica y el sexto en todo el mundo.
- La inaguantable y constante inflación de la canasta básica.
- El alto precio de la luz.
- Temer no poder jubilarse.
- Los «honorables» diputados vociferando en televisión que, si quisieran, pudiesen comprarse hasta 10 casas de 300 mil dólares. Mientras tanto, seis de cada diez panameños no llegan a fin de mes.
- Ver cómo los diputados y sus familiares se enriquecen inexplicablemente y se mudan a mansiones -de pésimo gusto y diseño, debo recalcar- construidas sobre terrenos estatales.
- Que se destinen millones de dólares a transportar diputados que, literalmente, se duermen en sus puestos de trabajo.
- No ver a funcionarios de alto rango imputados por los abusos físicos, psicológicos y sexuales perpetuados a niños y adolescentes en albergues monitoreados por el gobierno.
- En fin, úsese esta última viñeta en representación de todas aquellas otras causas por las que Panamá está harta.
Todo mientras el presidente, sentado en su silla dorada desde el salón amarillo del palacio presidencial, anuncia que su gran estrategia para calmar las aguas es congelar el precio de la sardina enlatada.
Todo mientras algunos diputados, vestidos de blanco, brindan descaradamente con whiskey de mayor valor que el salario mínimo de decenas de miles de panameños. Por favor, que alguno de los manzanillos que tienen emplanillados les avise que las canastas de comida que regalaron cuando buscaban votos se terminaron hace tiempo y es hora de ponerse a trabajar para encontrar soluciones reales a los problemas vitales de sus votantes.
Ciertamente, la situación en Panamá es hija legítima de las administraciones previas, también ineptas y corruptas. Y la COVID-19 e invasión rusa en Ucrania complicaron todavía más nuestra realidad. Pero estos factores agravantes solo comprobaron las sospechas del 67% que no votó por el gobierno vigente en 2019.
Gran parte de la responsabilidad de la actual crisis en Panamá recae sobre los pilares agrietados de una administración ineficaz y turbia que en vez de «unir fuerzas», como tanto prometió hacer, ha descoyuntado aún más al país. Es hora de que el presidente lo admita y haga algo al respecto, si es que no quiere ser recordado como un intento de líder que, después de todo, sí estaba hecho de leche condensada.
… sabemos que podemos salir de esta crisis, sabemos que no pedimos la luna. Y sabemos que tenemos voz para usarla. Frente a la soberbia del sistema, invoquemos nuestro derecho a la crítica y nuestra protesta. Ellos no lo saben todo. Se han equivocado. Nos han engañado. No toleremos ser sus víctimas.
José Saramago





