
Un indio, un afropanameño y un español entran juntos a un café…
Eso es todo. No es un chiste. No hay remate. Pero sí pasó mientras estaba, para variar, en un café.
Si bien típica de Panamá, me llamó la atención la mescolanza racial frente a mí, pero, sobre todo, que el trío sumaba unos 160 años en total. Aunque no distribuidos como sería fácil imaginar.
La pronunciación marcada de las zetas delataron la nacionalidad del español, que también era el más bullero de todos. Flaquísimo como un palillo de dientes, vestía un bermudas y suéter polo turquesa con zapatillas deportivas y medias blancas. Las pocas hebras de cabello que todavía le colgaban eran blancas y finísimas. El señor, que llamaremos Ernesto, era asistido por el segundo personaje de nuestra historia, bautizado por mí como Shakir, un señor afropanameño esbelto, corpulento y con la sonrisa más espectacular de la vida. Shakir llevaba una camisa hawaiana roja con flores azules y también un pantalón corto. Aunque parecía de 40, le asigné unos 50 años, para ser justo con la humanidad. Ya sabemos que los negros han sido bendecidos con el verdadero don de la juventud eterna. Ranjit, el tercer protagonista de este escrito, parecía de 20 años. Era un chico indio, alto y delgado, ataviado con un buzo y una camiseta de baloncesto.
Ernesto y Ranjit parecían jugar al tenis verbal. En cuestión de segundos, uno le contestaba al otro con un chiste o comentario pícaro. Shakir, la cajera del local y yo solo nos reíamos de las ocurrencias de ambos.
Finalmente, se sentaron a disfrutar su café. El español parecía ser el comandante en jefe del grupo, siempre redirigiendo la conversación. El afropanameño solo decía lo necesario y al indio le gustaba provocar al español respondiéndole con alguna observación impertinente, ocasionalmente llevándose la taza de café a la boca mientras también hacía algo en su celular – objeto que los otros dos hombres no utilizaron en ningún momento.
Yo, en teoría, estaba ahí para terminar un proyecto. Pero la escena me distrajo gratamente. De vez en cuando, alzaba la mirada para verles y disfrutar imaginando historias sobre cómo se habían juntado un indio veinteañero con un afropanameño cincuentón y un español de tercera edad. Las posibilidades eran —son— infinitas. Cualquiera era válida y al mismo tiempo poco probable.
La imposibilidad de esta triada tenía poco que ver con sus nacionalidades o etnicidades y mucho con sus edades. Los seres humanos, naturalmente, nos juntamos y estrechamos lazos con otros cercanos a nuestra edad. Es normal. El capítulo vital que yo estoy viviendo es bastante distinto al de una persona de 63 años. Pero también es posible que inconscientemente rechacemos entablar relaciones significativas con personas más jóvenes o mayores que nosotros por simples convencionalismos o comportamientos robóticos, sin considerar afinidades ni nada más.
La amistad es un clic místico que surge espontáneamente y puede producirse entre las personas más «diferentes» entre sí – si vivimos abiertos ante esa posibilidad.
He notado que las amistades improbables son uno de mis temas favoritos. Amistades como las mantenidas entre la difunta jueza demócrata de la corte suprema estadounidense Ruth Bader Ginsburg y el también fallecido juez republicano Antonin Scalia; Fidel Castro y Gabriel García Márquez; el cineasta ateísta Luis Buñuel y el cura con quien entabló una estrecha relación hacia el final de su vida; o mi amigo ateo Glen de 40 años y Millie, una misionera metodista de 98 años que dedicó su vida entera a predicar su verdad.
Entre otras cosas, mi conclusión sobre toda la escena que presencié ese día es que soy un grandísimo vidajena.
