
«A ese le dicen Zapata, si no la gana, la empata». Este refrán se emplea para describir a una persona que no acepta perder un argumento o que busca la manera de ganar o «empatar» la situación según sus términos y posibilidades.
En una relación amistosa, laboral o sentimental, esa actitud puede resultar tóxica. Pero aplicarla contra bullies resulta un ejemplo de resistencia y resiliencia.
En alguna mínima medida, eso hicieron los indígenas esclavizados oriundos de la actual Guatemala, quienes fueron obligados a trabajar jornadas inhumanas para construir la primera Catedral de La Antigua Guatemala. Porque los colonizadores no sólo te forzaban a desechar tu identidad espiritual para adoptar la suya, sino también a erguir los grandes templos donde lo harías.

Mi amiga Joseline y su madre educadora, ambas guatemaltecas, con quienes recorrí La Antigua durante un día entero, me contaron que algunos indígenas profanaron secretamente las esculturas a su cargo. En vez de acatar el diseño original, esculpieron un par de ángeles con los faldones abiertos, dejando ver sus canillas y muslos. Cuando los curas y guardias se enteraron, el daño ya estaba hecho y encaramado sobre las enormes pilastras de la iglesia.
Es ingenuo sugerir que los indígenas guatemaltecos ganaron o empataron la barbarie colona esculpiendo ángeles semidesnudos. Pero debió sentirse bien burlarse en la cara de sus opresores. Quizá esa pequeña victoria jocosa, ese fugaz destello de dignidad, les ayudó a soportar tanta locura.
Al menos podían reírse de algo durante las misas, a las que no asistían por voluntad propia. Para sobrellevar todo lo demás, incluyendo la tanda de azotes que seguramente recibieron debido a esta travesura, podían rezar cuantos Padrenuestros quisieran y darse la paz al término de cada servicio.
