
Es un domingo soleado y despejado de febrero. Hace 17 grados centígrados. El sol bendice a Madrid con sus dardos de luz.
Estoy sentado sobre el césped en un enorme parque público. Diagonal a mí, veo llorar a un hombre. Seca sus lágrimas con las mangas de su abrigo. La mujer frente a él le mira con ternura. Espera tranquilamente a que el hombre se vacíe. Se abrazan. Entre sus pechos bailan hormonas invisibles que el viento sopla hacia mí. Entonces recuerdo cuando a mí también me ha sanado el abrazo amigo.
Tres chicas juegan con su Pomerania a la distancia. El animal corre frenéticamente por todas partes. A sus dueñas les es imposible alcanzarlo para capturar su ternura en cámara. Así que vuelven a lanzarle la pelota con la esperanza de lograr la toma perfecta. A donde sea que va el perro, lo siguen y apuntan las cámaras de tres celulares.
Un repartidor de comida aparca su bicicleta junto a un árbol calvo. Se recuesta sobre su tronco. De la enorme bolsa color naranja donde transporta pedaleando toda clase de platillos a toda clase de personas en toda clase de barrios, extrae un paquete que, esta vez, es sólo para él. Come mirando a la nada. El sol brilla sobre su rostro. El Pomerania corre hacia él y ataca sus extremidades a lengüetazos. Al repartidor parece no importarle. Sonríe, aparta su plato de comida y juega con el perro. Las dueñas, en lo suyo, graban cada segundo.
A mi izquierda, un grupo de periquitos escandalosos se pelean los restos alimenticios abandonados por alguna persona.
A mi derecha, una mujer discute sobre trabajo con alguien al otro lado de su celular.
Detrás mío, una muchacha rubia y un chico de cabello rizado conversan en inglés mientras beben vino blanco.
El Pomerania ha venido a saludarme. Sinceramente, lo estaba esperando. Abalanza su suave y peludo cuerpo sobre mí. Lo recibo con brazos abiertos. Lo cargo de frente y le hablo como si fuera un bebé. Levanto la mirada y veo tres celulares filmándome. Probablemente, hoy aparezco en las historias de Instagram de tres personas desconocidas que, según acabo de oír, son francófonas.
El perro, minúsculo, se llama Goliat.
Todo esto observo a mi alrededor desde una pequeña esquina en el Parque de El Retiro, un refugio verde, casi celestial, donde abundan fragmentos de vida esparcidos entre 125 hectáreas.
