Hijos, ¿pero a qué costo?

Hijos pero a que costo benjamin cedeño cedeno
Imagen por Ben White

En definitiva, una de las razones por las que no quiero hijos es porque soy un egoísta de primera categoría con mi tiempo y paz mental.

He venido a uno de mis cafés favoritos. Aquí estoy, escuchando sonidos de lluvia a través de mis audífonos mientras leo un libro. Veo llegar a una familia compuesta por un hombre, una mujer y su triada de hijos. Se sientan junto a mí.

Aunque tengo activada la función «cancelación de ruido» de mis auriculares, puedo oír la conversación de la familia. Se basa, prácticamente, en reprensiones a los tres chicos. Es imposible prestar atención a mi lectura.

La familia ya terminó de comer, pero ahora la niña más pequeña pide a gritos que la lleven a comer helado. Su hermano refuta porque quiere dónuts. La mayor, una chica adolescente, ya quiere irse a casa. El padre dice que tiene calor y prefiere irse o moverse a una de las mesas interiores del local donde hay aire acondicionado.

La madre quiere pedir una taza de café y disfrutarla con calma. «Es todo lo que pido», le comunica a su familia. «No puede ser que no podamos quedarnos compartiendo tiempo juntos después de comer y haya que irse de inmediato», continúa. El marido no responde. Todos los hijos se quejan y le ruegan que pida el café para llevar. 

Cuando el mesero regresa, la madre pide la cuenta y un capuchino para llevar. Sentí empatía instantánea por esa pobre mujer y madre de tres que lo único que quería era disfrutar tranquilamente de un rico café durante la tarde del domingo. 

Ser padre podrá sentirse muy espectacular. Será un amor inexplicable. Será una poderosa conexión natural y mística. La paternidad podrá ser lo que sea que los humanos quieran llamarle. Pero si no me permite saborear ocasionalmente una taza de café, especialmente tras haber complacido los deseos de toda mi familia, no la quiero. No me interesa. No la necesito.

Entiendo que mis padres lidiaron con lo mismo criando a sus cinco hijos. Pero esa fue su decisión. Les agradezco no haberme aventado por el primer puente a la vista cuando me ponía insoportable. Es sólo que yo no estoy seguro de poder hacer lo mismo si tuviese que cuidar y criar a una criatura permanentemente.

My Happy Family es una película georgiana en la que Manana, una mujer de cincuenta años, decide mudarse de la casa que comparte con su familia (madre, marido, hijo, hija, yerno). Se siente abrumada y sabe que ya les ha dado todo lo posible. Piensa que ahora necesita paz, y la encuentra rentando su propio apartamento. No abandona a su familia, simplemente cambia de domicilio. El espacio es modesto, pero es suyo. Puede sentarse a leer en el balcón y quedarse dormida sin que nadie la interrumpa pidiéndole preparar la cena por milésima vez en la vida.

La mujer a la que me refiero en esta nota, según mis cálculos aleatorios, ronda los 37 o 38 años. Pero no llega a los 40. Al verla sólo podía pensar en Manana.

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