
11 de diciembre de 2020
Hay magia sanadora en reconocer que todavía nos falta atravesar muchos caminos escarpados desconocidos, repletos de piedritas puntiagudas que lastiman las rodillas si caemos.
Rendirse ante la probabilidad del destino incierto, que puede ser caótico y turbio, asienta la consciencia del gozo presente. Siembra la obligación de disfrutar exageradamente los momentos maravillosos que el universo presta. Al aceptar, sin más, que la vida es tan sombría como radiante, soy capaz de enfrentar los malos ratos sin demasiada resistencia y de proteger los momentos de claridad.
Internalizar la multidimensionalidad de la vida me ayuda a deshacerme del cliché de la existencia miserable. La oscuridad deja de ser una excusa para darme palmaditas lastimeras en la espalda. Al contrario, empiezo a verla como lo que es: una temporada.
En la vida todo pasa. Lo bueno. Lo horrible. Lo feo. Lo bonito. Lo retador. Todo lo espectacular. Las lluvias torrenciales de alegría y los huracanes de tristeza. La luz se apaga y la oscuridad es devorada por los rayos del sol. Todo se mueve constantemente. Todo se transforma infinitamente.
