La fuerza invencible

A veces siento la necesidad de detener el cambio.
Todo muda de piel demasiado rápido y sin pedir permiso.

Las cosas cambian de la noche a la mañana.
Ya él no está y ella dejó de respirar.

Cuando me encuentro así, voy al mar. Me siento frente a ese todopoderoso y entierro mis pies en la arena. Observo cómo, aunque todo a mi alrededor rote constantemente, el rugido del océano prevalece.

Mientras los gobernantes cambian como expiran las modas y las estaciones se acortan, la marea continúa atrayendo comida a los cangrejos.

Por más que algunos se despidan del mundo, el mar seguirá bautizando planicies. Es la fuerza contra la que el destino se proclama desarmado.

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