
Antes de mudarme a Madrid, busqué en Google: «barrios con mayor cantidad de gatos callejeros». Google me contó que, en Madrid, los gatos callejeros están organizados en colonias censadas y esterilizadas ubicadas en áreas fijas muy específicas. Ni siquiera puedes alimentar a un gato sin haberte certificado como alimentador oficial, o algo así.
Por supuesto, este dato es señal de una ciudad mucho más organizada que la mía, donde hay pandillas de gatos por todas partes. Aun así, representó una minidecepción—egoísta, lo admito—para mí.
Yo estaba dejando atrás a cuatro gatos en casa de mis padres. Los gatos son como mis talismanes de paz. Me siento tranquilo alrededor de ellos, y todo lo que algunos amantes de perros odian de los gatos son, justamente, las cualidades que yo más amo.
Quería estar rodeado de ellos nuevamente, sobre todo porque, lógicamente, vendrían días difíciles, y a veces, sin un amigo peludo (animal, no hombre), la vida se hace más complicada.
Pero Madrid me dio algo a cambio: sus miles de perros. Perros junto a sus dueños, claro, porque tampoco hay perros callejeros en esta ciudad.
Perros de todo tipo, aunque sobre todo galgos, a los que veo en cada esquina. No sé si los madrileños—nativos o residentes—los aman por tradición o porque se han convertido en algún símbolo de estatus. Pero hay galgos por doquier. Me recuerdan mucho a los elefantes de Dalí: altísimos, con patas extradelgadas.
Además de galgos, ves al perro que quieras: mestizos, bichón boloñés, cobberdogs australianos, bulldogs franceses, yorkshire terriers, labradores, pomeranians, golden retrievers, pitbulls, chihuahuas, poodles, pastores alemanes o belgas, bull terriers, teckels, dóbermans, coton de Tuléar, salchichas, shar peis, border collies… Incluso, justo el otro día, vi a un komondor, cuyo pelaje se asemeja a los dreadlocks que mi hermano solía llevar en la cabeza. Eso sí, me pregunté cuánto sufre ese pobre perro durante el aterrador verano madrileño, con temperaturas que pueden alcanzar los 45 grados centígrados.
Encontrarme con todos esos perros me hace sentir más feliz. No sé si antes había visto en una ciudad tantos perros no-callejeros con la frecuencia con que los veo aquí. Perros adiestrados, sentados a los pies de sus dueños en las terrazas de los bares.
Tengo la frágil hipótesis de que algunas personas son más felices en esta ciudad solo por la posibilidad de toparse con perros a cada rato. A mí, por ejemplo, siempre me hacen sonreír y sentirme un poquito menos mierda si estoy teniendo un mal día.
Estos animales nos enseñan a ser mejores humanos y, de paso, nos alegran la existencia. Los ves por ahí, moviendo sus culitos de un lado a otro, con las lenguas afuera y el rostro «sonreído». No puedes evitar las buenas vibras.
Aunque debo admitir que, el año pasado, me visitó un amigo y se quejó de ver tantos perros porque «Madrid es una ciudad de apartamentos, y la mayoría de los perros son medianos o grandes, o sea, que necesitan espacio y mucho tiempo afuera». Me hizo pensar al respecto, pero no dejé que lloviera sobre mi parade. Quizá los dueños de esos perros son súper responsables y los llevan al parque todos los días, donde corren como desquiciados y luego regresan felices a casa para tomar la sexta siesta del día.
La mayoría de los días extraño no tener un animal en casa, ni siquiera hormigas. En Panamá hay animales por todas partes. Eso puede ser bueno o malo, depende, pero es el paisaje de mi inconsciente. Claro que también hay perros, pero me atrevo a decir que, proporcionalmente, Madrid tiene el doble o el triple de perros por habitante en comparación con Panamá. Perfectamente podría estar equivocado.
No creo que nadie necesite vitalmente de un animal para sentirse completo, contento o en paz, pero ¡por Dios!, sí que ayudan a sobrellevar la carga de ser un adulto semifuncional en el mundo actual. Si no puedo acceder a la dosis gratuita de paz que me proporcionan mis cuatro gatos, ni ver gatos callejeros rondando por las calles de mi barrio en Madrid, me siento feliz de, al menos, contar con la alegría pasajera de caminar junto a cinco perros por metro cuadrado en esta ciudad.
