El don de la añoranza

Hace poco lloré de felicidad por primera vez en mi vida. Al principio fue muy raro. Toda la escena me parecía tontísima. Jaja. De repente, la noche antes de irme de Portugal, después de haber pasado unas vacaciones riquísimas junto a varios amigos que no veía hace mucho, me encontré llorando solo en uno de los cuartos del Airbnb que habíamos alquilado. Las lágrimas salían mientras doblaba mi ropa sucia y trataba de embutirla adentro de mi maleta de mano.

Más tarde comprendí que lloraba porque me iba de “ahí”. No de Portugal, sino de AHÍ: de la compañía de mis amigos queridos, de ese refugio inmaterial que hemos construido juntos a través de los años y que es mi hogar. A lo largo de mi vida, he sido bendecido con muchos hogares intangibles alrededor del mundo, especialmente gracias a aquel grupo de amigos con el que estuve en Europa a principios de este año. Mi familia multinacional forjada, inesperadamente, en Panamá, y que semana tras semana fortaleció su hermandad. Hasta que casi todos—como debes saber que pasará con la mayoría de los amigos extranjeros que hagas en un país de tránsito como lo es Panamá—emigraron nuevamente hacia diferentes partes del globo.

Aunque siempre estamos en comunicación y volver a verlos se sintió como el reencuentro más natural del mundo, extrañaba sus rostros, su presencia y su energía confluyendo con la mía. A algunos no los veía hace uno, dos, tres o cuatro años.

«True friendship»

Ese último día en Portugal, antes de empacar y de que empezara a lagrimear repentinamente, estábamos reunidos en la sala y recuerdo haberles dicho: “espero que sepan lo mucho que los quiero y lo estupendo que me hacen sentir. Cuando estoy con ustedes siento que no existen peligros. Y esto no lo digo solamente porque cuidan de mí cuando me doy durísimo en las fiestas y pierdo el conocimiento, sino porque, aunque el mundo estuviese acabándose y viniese sobre nosotros una ola de agua gigantesca [“Impacto profundo” marcó mi infancia], no tuviese miedo porque los tengo a mi lado”.  

Sip, a veces mi cursilería, como mis amistades, no tiene fronteras. Luego de despedirnos (yo partía a la madrugada siguiente, antes de la mayoría), me fui al cuarto a empacar mientras corrían por mis mejillas montones de lágrimas y a la vez que me comía los chocolates portugueses que había comprado para mis compañeros de trabajo y que al final nunca vieron ni saborearon.

Primero pensé que lloraba simplemente porque extrañaría a mis amigos. Más tarde me cayó el cuara. Sí, el sentimiento primario de mi llanto era la añoranza, pero el verdadero motor detrás de ese episodio emocional fue la felicidad. Los extrañaría porque los amo. Los extrañaría porque ellos me aman tal como soy y sin esperar nada a cambio. Los extrañaría porque echaría de menos a la versión de mí que soy cuando estoy con ellos. Los extrañaría porque me fascina la luz singular con la que cada uno brilla. Y todo eso es felicidad.

Muy orgullosamente soy la tercera rueda de una pareja de amigas del alma que igualmente visité y dejé en España. Por ellas también lloré de felicidad como pendejo en el metro de camino al aeropuerto.

Acto seguido, cuando me di cuenta de aquello, pues… lloré más. Me tapé la boca con lo que tenía a mano para que nadie me escuchara. Me percaté de que era un calzón sucio, lo cambié por un suéter y seguí en lo mío.

Esa noche mi mente divagó por varios temas. Uno de ellos: el don de extrañar. Pienso que muchas veces evitamos extrañar o tratamos de desviar el sentimiento. Le damos la espalda y no nos atrevemos a vivirlo. Sin embargo, a veces, lo único que pretende es recordarnos que hemos vivido momentos plenos por los que vale la pena llorar y sentirnos nostálgicos. Claro que en ocasiones extrañar demasiado puede significar estancamiento. Pero ¿qué hay de las veces que funciona como un precioso remanente de lo que fue, de lo que alguna vez nos hizo sonreír? Esa sensación, me parece a mí, merece un abrazo reconciliador de vez en cuando.

Semanas después de mi viaje, ya en Panamá, revisé uno de mis diarios y encontré un texto que alguna vez escribí sobre “extrañar momentos plenamente vividos”. Tomé aquel escrito, lo reestructuré y concluí la pieza que leerán abajo.

El siguiente texto se lo dedico, con mucho cariño, a: Glen, Alexa, Ari, Trent, Rosy, Magda, Vic, Naomh y Liz. Y a todos mis otros amigos que viven en distintos continentes, países y ciudades. Sepan que mi verdadero hogar está en sus corazones.


Si extrañas, chaval, fue real.

Extrañar es amar.

Souvenir de un instante plenamente vivido.

Extrañar no es más que el alma agradecido.

Vive pa’ extrañar.

Vive pa’ luego llorar.

Vive pa’ que luego la perra pena te colme la mente y contra el bello filme de tu vida te enfrente.

Ojalá un día llegue a extrañar todo.

Que una noche, ya viejo, calentado por una manta revestida de tu aliento, mis lágrimas viajen junto al viento y refresquen todos los desiertos.

Que mis ojos hilen ríos que desemboquen en mi mente. Que extrañando muera exhausto de chillar salvajemente.

Que libere el llanto por los amigos despedidos y los familiares bajo tierra desvestidos, por la música sudada y las fiestas descontroladas, que corran lágrimas al recordar la fragancia de los cuerpos desnudos alguna vez tendidos sobre mi cama desgastada y por el sabor de los platillos compartidos en mil ciudades visitadas.

Que caigan mis lágrimas y sumergido dance en ellas.

Que desahogado halle paz y parta fugaz hacia la próxima escena. 

Ojalá un día llegue a extrañar todo.

Que viva yo lo suficiente para que la perra pena me colme la mente y contra el filme de mi majestuosa vida me enfrente.

Extrañar es amar en tiempo presente.

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