
Conversar con mi abuela es desatar un universo detallado de historias en el que cada personaje tiene nombre, apellido y hasta apodo. Mi abuela materna es la persona con mejor memoria que conozco. Si alguna vez tu camino se cruzó con el suyo, ten por seguro que nunca olvidará tu nombre completo, dónde vives o vivías cuando te conoció y la procedencia de tu familia. También se acordará del nombre de tu primera mascota y probablemente recuerde muchos de los secretos que tu subconsciente ya había enterrado.
Hace algunos domingos fui a visitarla. Como siempre, cuando llegué a su casa la mesa ya estaba puesta: mantel de tela sobre plástico, cubiertos sobre servilleta, vaso sobre posavasos. De inmediato calentó la comida en la estufa, me sirvió más de lo que podía digerir saludablemente y se sentó junto a mí para verme desaparecer cada grano de arroz. Mientras tanto, yo aproveché para destapar su cantera de memorias una vez más.
Darle cuerda a la abuela Judy es desencadenar el baúl mental de los recuerdos y escucharla divagar de cuento en cuento. Es divertidísimo. Uno no se da ni cuenta cuando ya te ha relatado 10 anécdotas distintas en menos de 20 minutos. Es una narradora muy inquieta. A uno solo le queda asentir y sonreír, instigando aún más sus ganas de hablar.

Aquel día la conversación surgió y se desenvolvió como cualquier otra. Solo que ese domingo me tomé el atrevimiento de encender la grabadora de mi celular mientras echábamos cuentos. ¿Por qué? Mi abuela Judy ha caminado sobre esta tierra durante 82 años. Escuchar y registrar sus historias, arrepentimientos, sufrimientos, enseñanzas y alegrías puede serme útil, y a ustedes también. Además, en algún momento ya no podré visitarla más. Será lindo escuchar su voz cuando yo quiera.
El extracto de la conversación que leerán a continuación representa los últimos 10 o 12 minutos de nuestra tertulia, que viajó brevemente por temas tan variados como la falta de romanticismo en las nuevas generaciones, el matrimonio apresurado, la muerte fetal, historia urbana panameña o el envejecimiento.
Y en caso de que se lo estén preguntando…sí, tengo su consentimiento para publicar esta nota.
BEN (Ben soy yo): Abuelita, ¿por qué fue que usted me dijo que conserva esa foto ahí siempre? [Me refería a la fotografía que aparece sosteniendo en la portada de esta nota, que usualmente cuelga sobre una pared de su sala].
LA JUDY: Bueno, pa’ que vean que si me ven otra cara es por los años. Pero que yo no he sido así toda la vida.
BEN: ¿Y por qué le importa?
LA JUDY: Ah, bueno, para que la gente sepa. Porque cuando ven eso [señala con su índice la misma fotografía] dicen que no me parezco en nada. En cambio, hace un tiempo me encontré con una señora nicaragüense que se llama Istmeña y le dicen Meña, que asistía a otra señora que trabajaba en el local que mi papá abrió en Progreso, y me dijo: “Judy, pero si tú estás igualita”. Y yo le dije: “esos son los ojos de amor con los que me ves”. Pero yo no estoy igualita. Yo me veo en el espejo. Yo no estoy igualita.
BEN: ¿Qué siente cuando se ve en el espejo?
LA JUDY: Nada. No me da ni un remordimiento.
BEN: ¿No?
LA JUDY: Para nada.
BEN: ¿Por qué?
LA JUDY: Porque yo sí he sabido aceptar la edad. Hay gente que no. Hay gente que se desespera. Yo no. Esto es propio de la edad y punto. Además, yo me conservé mucho, sobretodo el cutis. Porque yo le hice caso a las recomendaciones de una amiga mía de Santa Marta que era demostradora de productos de belleza, que en ese entonces eran finos. Se llamaba Ofelina Batista. Ella era demostradora en el Sears que quedaba en la Avenida Central. Ahora no sé qué hay en ese edificio, un McDonald’s creo. [El almacén] estaba en el edificio que comunica con la Avenida B.
BEN: Sí, ya sé cuál.
LA JUDY: Bueno, había un Sears ahí.
BEN: Vendela está ahí ahorita. El edificio tenía un patio interno, ¿no?
LA JUDY: Sí.
BEN: OK, sí es el que digo entonces. Ahorita mismo está Vendela y todavía queda o quedaba la discotienda Fontainebleau.
LA JUDY: Bueno, ella era demostradora en Sears y ahí vendían productos de belleza de todas las marcas. Cuando era soltera yo usaba un producto que ya se lo llevaron de Panamá. Yo salía de mi casa bien vestida, bonita. Y yo no iba adonde esos judíos a comprar. Yo compraba en Almacén Romero, que en ese entonces era lo mejor. Pero ahora ta’ vuelto leña. Yo he ido y ya no es ni la sombra. También había un almacén que vendía telas muy bonitas. En mi casa se vendían telas [mi bisabuelo tenía abarroterías, farmacias y tiendas de textiles en Santa Marta, Chiriquí], pero eran comunes y corrientes. Yo iba a un almacén que se llamaba Juanita y compraba mis telas buenas, y como tenía mi modista, las llevaba donde ella y me hacía mis buenos vestidos.
BEN: Pero al final, ¿qué fue lo que le recomendó esa amiga suya?

LA JUDY: Bueno, yo siempre le decía que esas cremas eran muy caras y que se me iría toda mi quincena comprándolas. Y ella me respondía: “Judy, no ahorres en crema porque nosotros namás tenemos una sola cara”. —y yo me di cuenta con mi mamá. Mi mamá no tenía ni 70 años y estaba ya arrugadita como una pasita. No tenía la cara que yo tengo. Es que ella nunca usó esas cosas—“No ahorres porque el cutis hay que cuidarlo. Así que no ahorres”. Las cremas me ayudaron, pero no con los párpados. Pero por lo menos no tengo tanta pata de gallina como otras. Y bueno, las ojeras son cosa de familia. Claro, yo le compraba [a Ofelina] lo más esencial porque en ese entonces cada crema costaba 20 dólares.
BEN: Y eso era una millonada, ¿no? ¿De qué año estamos hablando?
LA JUDY: Del año 62. Era una millonada. Y yo acá en la ciudad, ganando 100 dólares mensuales en mi primer trabajo.
BEN: O sea que las cremas se llevaban un quinto de su salario mensual cuando le tocaba comprarlas.
LA JUDY: Sí. Yo trabajaba en Casa Fastlich, S.A.
BEN: ¿Casa Faskha?
LA JUDY: No, en Casa Fastlich, una joyería. Quedaba en frente de…yo creo que todavía está ese banco en toda la esquina.
BEN: ¿Qué banco, el Nacional?
LA JUDY: No, el Chase, en frente del antiguo Félix B Maduro. Yo no sé ahora qué banco está ahí. Ahí en la 5 de Mayo, en toda la esquina, cerca de un hotel que se llamaba Internacional.
BEN: Ajá.
LA JUDY: Bueno, al lado de ese hotel [quedaba el banco]. Yo trabajaba en frente. Ese fue mi primer trabajo en la ciudad. Ahí fue que me botaron. Tenía dos años de trabajar y me botaron. Porque el primer año perdí a la que nació antes de Judith [mi tía, primera hermana de mi mamá. Mi madre es la mayor de todos mis tíos]. Recuerdo que el ginecólogo me dijo: “nació con el cordón aquí” [rodea su cuello con ambas manos]. Nació muerta. Me dice el doctor, “no se preocupe”. Y yo ahí en el hospital, con mi canastilla, que me la mandó a hacer mi amiga de la oficina Albaluz Lara, que ahora vive en Estados Unidos y que nunca más vi . [Ella] me buscó una señora que pintaba bonito las canastas de mimbre y me la adornó linda, toda forrada con una tela bonita y brillante. Hasta un pato le dibujó a la canastilla. ¡Qué cosa más hermosa! Todo eso se quedó ahí [en el hospital].
BEN: ¿Por qué cree que ha aceptado bien la vejez?
LA JUDY: Porque yo sé que eso es propio y porque yo veo a las artistas de cine. Yo era aficionada al cine. Yo veía a Elizabeth Taylor y a Eva Gardner. Y yo veía como se iban poniendo. Y yo decía, “y esas que se hacen cirugía y de todo y mira como están ahora”. Y yo que no me hago nada, namás ponerme las cremitas.
BEN: ¿Qué piensa de la juventud de hoy?
LA JUDY: La juventud de ahora no ha vivido el romanticismo que yo viví. Nosotros sí vivimos una época bien bonita para enamorarse. La gente de ahora no. La gente de ahora se acuesta y ya.
BEN: ¿Cómo era esa época?
LA JUDY: Empezando que era puro bolero. Puro bolero de Manzanero, de Lucho García, de Roberto Ledezma. Eso era…

BEN: ¿Y eso que representaba? ¿Significaba que le pidieran la mano para bailar y la llevaran a la pista?
LA JUDY: Sí, pero mi mamá no me dejaba sola con Elías José [así se llamaba mi difunto abuelo]. Ella iba conmigo a los bailes. Hasta que me daba lástima. Pobrecita, cabeceando del sueño. Pero no me dejaba sola, para no dar oportunidad, porque veía que ya Elías José era un hombre recorrido. No era un hombre sencillo como los demás muchachos del pueblo.
BEN: ¿Cuántos años tenía mi abuelo en ese entonces?
LA JUDY: Él 27 y yo 20, cuando nos casamos. Namás duramos un año de novios. Yo recién salía de Jamaica [mi bisabuelo mandó a mi abuela a estudiar inglés en Jamaica para convertirla en la mejor secretaria posible]. Yo creo que en otras ocasiones te he contado que antes [de mi abuelo] yo tenía un novio que era maestro.
BEN: No, no me ha contado.
LA JUDY: Un maestro de ahí de la comunidad. Que, en ese entonces cuando se graduaban, los maestros los ponían a trabajar en las áreas rurales los primeros años. Y Santa Marta era un área rural, namás tenía tren. No había medio de comunicación. Tenían que trabajar allá primero. A los años entonces ya podían aplicar para que los mandaran a David, Boquete y esos lados.
BEN: ¿Usted no siente que le faltó más diversión?
LA JUDY: Claro que me faltó. Me casé muy joven. Sufrí mucho. Eso fue un trauma para mí. Cuando llegué a Panamá los ojos se me abrieron. Mientras estaba allá [en Santa Marta, su pueblo natal] yo estaba conforme. Mi mamá me decía que una tenía que seguir a su marido. Yo quedé embarazada apenas me casé y Elías José le pedía prestado el Jeep a un vecino de nosotros que se llamaba César Trejos, que era chino y tenía un negocio por ahí, y se iban juntos a los bailes en Concepción. Los puentes no estaban hechos, así que se metían entre los ríos. Para llegar a los bailes tenían que pasar Quebrada Camarón, Río Divalá, Río Escarria y Río Güígala. Cuatro ríos en total.
BEN: ¿Pero por qué dice que se le abrieron los ojos aquí en la ciudad?
LA JUDY: ¡Ajo! Cuando yo empecé a trabajar, todas las muchachas contando sobre sus hombres y que si esto y lo otro.
BEN: Entonces, ¿eso no contradice un poco lo que me contaba sobre el romanticismo de su época?
LA JUDY: Sí, pero lo que yo digo es que lo poquito que gocé de esa parte fue muy bonito.
BEN: Y cuando sus amigas del trabajo contaban todas esas historias sobre los varios hombres de sus vidas, ¿usted qué pensaba?
LA JUDY: Yo decía: “¡Ay!, lo que me he perdido. Pero ya estoy casada, no puedo hacer nada” [se ríe a carcajadas].
BEN: ¿Y nunca hizo nada?
LA JUDY: No.
Mis abuelos estuvieron casados durante 53 años, hasta que la muerte los separó. Siendo mi abuelo el primero en zarpar, exactamente el 25 de octubre de 2011.
“Solamente estuvimos juntos 53 años. Lo mató el vicio de la juventud. Tu abuelo fumaba y tomaba todos los días cuando era joven. Cuando tu tía lo llevaba al hospital, él le decía que sabía perfectamente por qué estaba ahí”, me dijo. Así terminó nuestra conversación ese día.

Sigue escribiendo cada vez que puedas.. Que sea tu motor para en un futuro publicar tu libro 💜
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Gracias, querida Darlene. Solo seguiré escribiendo si tú sigues dibujando.
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He terminado de leer todas las entradas y quiero decirte que ésta ha sido mi favorita definitivamente. Qué hermosa tu abuelita! Me encantaría conocerla algún día y me cuente más historias!❤️
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Comentarios como estos me animan a seguir escribiendo. Gracias por compartirlos. Mi abuela feliz de echar cuentos cuando sea y con quien sea. Créeme.
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