Anotaciones de una persona obsesionada con los nombres

Benjamín Lemuel Cedeño Bonilla. Desde chiquito escribo compulsivamente mi nombre completo en todas partes: tableros, sillas, cuadernos, libros propios y ajenos, mesas, paredes y hasta invisiblemente con mi pulgar derecho encima de cualquier superficie. Todavía no sé del todo a qué le debo esa manía. En parte, quizá, a la necesidad de reasegurar mi existencia en este planeta. Probablemente también porque heredé la genética obsesiva-compulsiva familiar. Puede ser. Pero al menos estoy seguro de una de las razones: mi crianza eclesiástica.

Para mi trigésimo cumpleaños, mi madre me regaló una tarjeta en la que encontré escritos sus buenos deseos, una cita bíblica y los significados de mis dos nombres. Pero me enfocaré en la definición del primero.

“Benjamín es un nombre propio masculino de origen hebreo en su variante español. Quiere decir ‘hijo de la diestra’; se refiere a la derecha como símbolo de fuerza o virtud”, eso decía parte de la carta. Hablando con mi mamá al respecto, me comentó que realmente mi papá y ella no me nombraron Benjamín por aquel significado, sino por este: “poderoso en espíritu”.

Prácticamente, ninguno de mis nombres ni los de mis hermanos y hermana fueron escogidos al azar o porque sonaban bien ni porque teníamos cara de dicho nombre. Lo cual no nos hace más especiales que nadie. Simplemente, mis padres son como son. Fieles creyentes del poder de la palabra hablada y del impacto de la afirmación, mis padres estudiaron la Biblia o libros de nombres bíblicos antes de nombrar a cada uno de sus hijos.

Todavía recuerdo cuando mi papá sacó su Biblia, un cuaderno y algún diccionario bíblico en medio de un restaurante para anunciarnos que ya sabía cómo se llamaría mi hermano menor. «Este es el único nombre de la familia que Dios me reveló directamente», afirmó mientras nos traían la comida.

Cuando mi hermano menor nació, mi mamá aprovechaba la hora del baño para recitarle los significados de sus dos nombres y lo que la Biblia expresa sobre cada uno. Mirándolo a los ojos, mientras lo enjabonaba y enjuagaba, decía: “Asael: ‘obra de Dios’, ‘Dios ha hecho’, creación de Dios’. David: ‘amado de Dios’; ‘muy amado’”. Mi madre repitió este ritual cada vez que bañó a mi hermano por lo menos durante los primeros dos años de su vida.


En la escuela se juega a ser adulto nombrando a hijos que no sabemos si tendremos. «Si es niña, le pondré Sofía o Mía Victoria, y Jaime si es niño», decía algún compañero. «A mí siempre me ha sonado Sebastián, es como sexy», comentaba otro. A mí me resultaba dificilísimo nombrar a mis hijos inexistentes.

Por supuesto que soy obsesivo con los nombres. Fui a la iglesia dos o tres veces por semana durante 18 años de mi vida. En las iglesias se lee y aprende acerca de la Biblia. Y la Biblia está repleta de nombramientos y renombramientos trascendentales ordenados por Dios.

Los evangélicos no bautizan bebés, los dedican a Dios. Un pastor presenta al infante ante Dios y la congregación eclesiástica alzando su pequeño cuerpo hacia el cielo mientras anuncia sus nombres y significados, casi como si fueran presagios. El ritual es parecido a la escena de Rafiki introduciendo a Simba al reino animal en El Rey León. Solo que en la ceremonia evangélica no hay cebras ni jirafas, sino feligreses. Además, los padres de la criatura prometen públicamente criarle según los estatutos divinos y se unge con aceite la frente del bebé antes de orar por él o ella. El bebé de la foto soy yo a punto de ser dedicado a Dios. Me sostiene mi padre y a su lado están mi abuela-madrina (blusa morada) y mi hermosa madre.

La Biblia enseña que, con la promesa de convertirlo en el padre del pueblo judío y en padre biológico por segunda vez a los 99 años, Dios cambió el nombre de Abram («padre exaltado») a Abraham («padre de multitudes»). Así fue sellado un pacto bíblico que sería cumplido solo si Abraham hacía de Dios su Dios y el de su descendencia, marcando el origen de la circuncisión como señal terrenal del acuerdo entre ambas partes y el nacimiento de dinastías y naciones. Dios hizo lo mismo con Sarai («mi princesa»), esposa de Abraham, renombrándola como Sara («madre de naciones») y prometiéndole un hijo a pesar de su esterilidad y a quien tendría que llamar Isaac («risa»).

Pero no siempre los nombramientos divinos fueron tan esperanzadores. Parece que a veces Dios también empleaba este recurso para anunciar sentencias. «Concibió ella [la mujer de Oseas], y dio a luz una hija. Y le dijo Dios: ‘ponle por nombre Lo-ruhama («no compadecida»), porque no me compadeceré más de la casa de Israel, sino que los quitaré del todo'», Oseas 1:6.


Coincidentemente, cuando recibí la carta de mi madre, estaba terminando de leer The Namesake (Jhumpa Lahiri). Esta novela cuenta la historia de una pareja bengalí que se muda de Calcuta, India, a Boston, Estados Unidos. Tras el nacimiento de su primer hijo, el padre decide llamarlo Gogol, como su escritor ruso favorito. El hijo atraviesa la adolescencia odiando su nombre. Le parece que suena demasiado absurdo para un chico de ascendencia india nacido en las afueras de Boston. Además de lidiar con las frustraciones juveniles típicas, también debe enfrentar un sinfín de diferencias culturales entre sus compañeros y cargar con un particular nombre ruso que nadie entiende. Pero Gogol desconoce la verdadera razón detrás de su nombramiento. Razón que la vida se encarga de revelarle y que puede o no infundir en él un nuevo amor hacia el nombre escogido por su padre.

Cerrando The Namesake abrí Áyax, por pura casualidad. En una parte de esta obra, Sófocles introduce una escena en que Áyax finalmente acepta su inminente muerte. Algunas de sus últimas palabras son: “¡Ay, ay! ¿Quién habría pensado jamás que mi nombre tan descriptivo se adaptaría a mis males? Ahora ha llegado para mí el momento de repetir dos veces, tres veces, el ‘ay’”. El pie de página de la edición que leía explicaba que en esta historia “Áyax relaciona su nombre con la expresión de dolor, ¡ay, ay!». Y que «en toda la literatura griega existen numerosos ejemplos de la creencia que el nombre personal expresa el propio destino” (Teatro completo – Sófocles, Editorial Bruguera, S.A., 1973).

Mientras más viejo me pongo, más atención presto a los significados de mis nombres. Quizá mucha más de la debida. Pero admito que a veces, cuando la vida me ha querido valer madres, me he apoyado en mi significado favorito de Benjamín, «poderoso en espíritu». Claro que todo el mundo ha tenido que ser “poderoso en espíritu” para sobrevivir situaciones retadoras en algún momento de sus vidas. Pero “poderoso en espíritu” es mi nombre, es lo que escucho cada vez que me llaman por mi nombre. En ocasiones no me sirve de nada (nadita, cero bolero), pero otras veces sí.

Este tema me parece un poco místico, me apasiona, causa gracia y despierta mi curiosidad, pero aun así no creo que los nombres sean bendiciones, profecías, maldiciones o sentencias determinantes. Para muestra, un ejemplo tontísimo: mi mamá conoce a una mujer llamada Mara que es alegre, amigable y risueña, aunque su nombre significa «amarga». Incluso, mientras investigaba sobre mi nombre, encontré que Benjamín también puede significar «el hijo de mi dolor». En este caso, por el bien de mi salud mental, tomo la decisión de rechazar ese único significado lamentable y apegarme a los demás, a los que mis padres tuvieron en mente al nombrarme.

Me alegra saber que si viviéramos en un mundo donde nos llamaran por el significado de nuestros nombres en lugar de nuestros nombres reales, aunque me insultaran, primero estarían declarando algo positivo: “Hey, ‘poderoso en espíritu’, eres un pedazo de mierda». Mucho mejor que “‘pequeña ciega’ [Cecilia], vete al carajo” o que «Maldito ‘dios del caos’ [Boris], espero que te pase un camión por encima».

Y a ti, ¿te importa un comino el significado de tu nombre?

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