Diario: 25/04/2021

Ambas promesas de la vida eterna que me inculcaron durante la niñez me aterran:
Vivir quemándome por siempre. Con el diablo y sus secuaces.
Vivir en el cielo por siempre. Cantándole a Dios todo el tiempo.
El problema principal con ambas alternativas es el adverbio de tiempo «siempre», precedido un par de palabras antes por el verbo «vivir».
Uno llega al mundo sin consentimiento y, para colmo, según esas teorías, tampoco se nos permite decidir si queremos o no morirnos del todo cuando nuestras almas abandonan sus carcazas.
La promesa de la vida eterna me suena a trampa.
¿Y cuándo se descansa por fin?
Pregúntenle a los viejos si quisieran vivir eternamente.
¿Cuándo la vida deja de mentirnos?
¿Cuándo un «hasta aquí» es realmente el fin?
Dicen por ahí que todo en exceso es malo.
¿Excepto vivir?

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