
Terminar la noche sobrio y esperar a tu Uber afuera de una fiesta a las 4:00 a.m. puede ser interesante.
Un grupo de amigos rechaza a un indigente que pide dinero con la mano extendida. Por allá, lejos, un hombre jamaquea a su amigo dormido sobre la capota de un carro ajeno.
Frente a mí, una chica le pide a su pareja comprarle un caramelo. El muchacho le exige altivamente a la vendedora ambulante dárselo. Como la señora lo ignora mirándole de arriba abajo, el joven grita enloquecido. Espero que su novia haya percibido las mismas red flags que yo.
Turistas embriagados intentan entrar al club de donde salí yo. El seguridad mira los cintillos en sus muñecas y los redirige hacia la entrada correcta, en la disco de al lado.
Mi Uber todavía demora.
Los taxistas, estacionados uno detrás del otro, forman una larga mancha amarilla en la calle. Nadie se monta, nadie abre las puertas de sus autos para preguntar si están disponibles, nadie responde al ruido de sus cláxones. Supongo que esta noche muy pocos taxistas se atreverían a rechazar clientes con su clásica y repudiada «no voy», frase que solían decir descaradamente cuando no se les pegaba la gana de transportar a un pasajero hasta su destino y antes de que existieran las aplicaciones móviles de transporte. Admito que siento un poco de lástima por ellos. Pero también algo de satisfacción diabólica.
Abunda la bulla: de los conductores desesperados atascados en el tráfico, de los ebrios muertos de risa, de los tacones golpeando la calle adoquinada, de la gente feliz y agresiva, de la música atrapada en bares.
Me siento a esperar en el escalón de un edificio. Una muchacha se acomoda junto a mí. Sus panas se acercan a despedirse. Del club salen una mujer y un hombre. Ella se queja del dolor masajeando sus rodillas. La comprendo. Me he pasado la vida bailando. No sé cuánto más aguanten mis rótulas. Respiro el humo filtrado por los pulmones chamuscados de la gente que desfila de aquí para allá.
A cierta distancia, la luz verde cegadora de un auto expone los secretos del callejón. La iluminación es casi cinematográfica. Imagino una escena en la que, alumbrados por este rayo verdoso, varios borrachos se agarran a golpes sin razón aparente. En mi mente también veo gatos peleando mientras algunas ratas observan y comentan el acontecimiento desde la vereda.
Mi Uber tomó un atajo, así que debo esperarlo en otra parte. Camino hasta la nueva locación acordada. Salto para no pisar el chorro de orina que un hombre expulsa tambaleándose frente a un comercio abandonado. Miro hacia atrás y veo a una muchacha empaparse de pis la basta de su pantalón.
Sigo caminando. Hay un hombre acercándose a mí demasiado rápido. Le miro de reojo. Veo que acelera el paso. Cruzo la calle. La sombra desaparece.
Finalmente, me encuentro con mi Uber y puedo sentarme a escribir todo lo que observé en menos de 20 minutos. El remanente de una noche en Ciudad de Panamá.
