Descubriendo mi legado genético: de todos lados y de ninguno

benjamin cedeno benjamín cedeño blog de todos lados y de ninguno

En 2021 me hice una prueba de ADN. Mi resultado fue exactamente el que esperaba. Genéticamente, soy todo y nada; soy de todos lados y de ninguno–como muchísimos panameños.

Uno de mis mejores amigos, a quien llamaremos Marcos, es un genealogista empírico. Durante más de 20 años, su pasatiempo favorito ha sido crear árboles genealógicos de conocidos y desconocidos. Suena lindo, porque lo es, pero también advierto que construir tu historia familiar es jugar con una caja de Pandora sin llave ni garantías.

Una vez, Marcos descubrió que el bisabuelo de un conocido suyo fue un asesino serial que terminó recluido en un hospital psiquiátrico. La persona en cuestión nunca se hubiera enterado si no hubiese tocado lo que estaba quieto pidiéndole a Marcos que le ayudara a escarbar su pasado. Al amigo de Marcos le ha tomado años procesar la noticia.

Sin embargo, la mayoría de las historias que Marcos me cuenta son mucho menos documental-de-Netflix y más película-de-Amazon: antepasados listados a batallones rebeldes secretos cuya misión era pelear contra nazis o tatarabuelas que desafiaron las convenciones de sus épocas divorciándose, cambiándose los nombres y rehaciendo sus vidas en nuevos continentes (con nuevos hombres 😉). Tan solo el otro día, mientras yo me quejaba en redes sociales sobre las cafeterías que cobran un dólar por el cambio de leche regular a vegetal, Marcos me chateó esto: «acabo de regresar de Irlanda. Estaba reuniendo a una madre con su hijo perdido. Tenían 57 años sin verse».

Fue Marcos quien descubrió que en Chiriquí (provincia panameña) hay una calle, una escuela y un cementerio llamados «Lassonde». También fue él quien unió los cabos concluyendo que esos sitios son parte del legado de mi tatarabuelo, Pedro Lassonde (cuyo nombre real fue Pierre). Marcos encontró el certificado de nacimiento de «Pedro», nacido en 1853 en Béost, Aquitania, Pirineos Atlánticos, Francia («región vasca»).

Lassonde embarcó en Marsella con un destino entre cejas: Panamá. Según mi difunta abuela paterna, su abuelo vino en busca de piedras preciosas. Tras varios meses atravesando el Atlántico, llegó a Panamá en 1881. Se alojó en Chiriquí, tal vez buscando un lugar frío donde sentirse como en casa. Un día, con todos estos datos a mano, encontré un reportaje anglosajón acerca de la exportadora de perlas marinas que aparentemente Pedro fundó.

Hallazgos como esos me animaron a hacerme la prueba de ADN. Ya sabía de mi tatarabuelo francés. Sabía que una de mis tatarabuelas maternas era indígena, probablemente originaria de la Comarca Ngäbe-Buglé. Obviamente, algo de español corría por mi sangre. Y, aunque nunca conocí a mi abuelo paterno, sabía que era negro, pero desconocía su ascendencia.

Quizá en el apartamento de Marcos nunca haya salsas o especias que no estén expiradas, pero siempre habrá dos o más pruebas de ADN por ahí. «Benji, estaban en promoción, así que compré varias. ¿Quieres usar una?». Así terminé escupiendo dentro de un tubito y enviándolo por correo postal hasta Irlanda, donde analizarían mi saliva para determinar cómo llegué a ser yo.

Ancestry, la empresa en cuestión, envió los resultados por correo electrónico.

Millones de panameños llevamos en la sangre el legado de nuestra historia como pueblo colonizado. Pero también la singular riqueza multicultural de nuestros antepasados. Así estuvieran aquí desde siempre o hayan desembarcado a orillas del Pacífico o del Atlántico–por voluntad propia o ajena–para trabajar en las ferias de Portobelo durante el siglo XVII, atraídos por la fiebre del oro, contratados para construir el primer ferrocarril transcontinental del mundo en 1850 o el Canal de Panamá más de medio siglo después.

Reconocer físicamente a un panameño entre una multitud es un reto difícil porque podemos parecernos a cualquier persona de cualquier país. Somos menos Panamá y más Planeta Tierra. El núcleo de nuestra esencia es la diversidad.

Esta hermosa realidad irrefutablemente panameña es una singular oportunidad para recordarle al mundo y a nosotros mismos cuán absurdo resulta el cuento de las fronteras. O el de los seres humanos legales e ilegales, con o sin derecho a huir de conflictos fuera de su control para rehacer sus vidas por segunda, tercera o cuarta vez.

Qué sinsentido el nacionalismo exento de humanidad. Qué ingenuos los incapaces de verse reflejados en las miradas de quienes escapan realidades opresivas. Qué memoria universal tan cortita… 

Nuestros cerebros han resuelto enigmas tecnológicos, inventado bombas nucleares, reconstruido ciudades y encontrado la cura de enfermedades asesinas. Me niego a creer que somos incapaces de idear soluciones empáticas para quienes buscan vivir su humanidad tranquilos.

La historia de Panamá y la composición genética de sus oriundos demuestran la irracionalidad de la xenofobia y del nacionalismo radicalizado.

Las repercusiones de la actual crisis de paz mundial pueden parecer insostenibles. Pero si podemos sentarnos a pensar, crear y perfeccionar robots humanoides, podemos sentarnos a pensar soluciones para personas reales con problemas reales.

Podríamos empezar ejercitando la empatía. Imaginemos incomodarnos dejando atrás todo lo que conocemos para navegar junto a 100 extraños en un bote con capacidad para 50 personas. Solo para ver a la mitad de nuestra familia ahogarse en el Mediterráneo. Imagina atravesar hambriento el Tapón del Darién, ser estafado, abusado y ver a tu hijo morir cruzando uno de varios ríos.

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