Me quedarán sus cartas

Ya casi nadie escribe cartas. Alguien muere y quedan sus mensajes de voz enviados por WhatsApp. Quienes le sobreviven pueden oírlos hasta que les duelan las orejas. No sé bien qué pensar al respecto porque no he vivido esa experiencia, pero supongo que debe ser tan alucinante como doloroso y extraño.

Ya hasta hay empresas dedicadas a crear hologramas o videos deepfake de tus seres queridos fallecidos. Tu proceso, tus métodos. Pero cuando mi mamá no esté, podré encontrarla en su escritura física. Podré abrazar las cartas que me regaló en cada cumpleaños o al irme de Panamá a otros países. Como la carta en la foto de portada, sellada con calcomanías de corazones. «Léela cuando estés en el avión. Ni antes ni después», dijo al entregármela.

Cuando mi mamá no esté, leeré sus cartas una y otra y otra vez. La redescubriré sutilmente entre sus sentimientos entintados. Seguiré develando aspectos de su personalidad a través de la forma en que construía oraciones e hilaba pensamientos.

Cuando Iris vaya de viaje a otra galaxia, podré delinear con mi pulgar el contorno de las letras que su mano derecha dibujaba cuando escribía pensando en mí. Recordaré lo precisa que era observando su empleo de signos ortográficos de puntuación, cada uno escogido efectivamente.

Entre renglones, mis ojos encontrarán consejos, indirectas y versículos bíblicos; maneras rebuscadas de decirme sin decirme: «hijo, por favor, cuídate mucho. Te amo entero». Mis lágrimas caerán sobre sus palabras pensando que nunca conocí a nadie igual, que todo cuanto la hizo adorable e insoportable a la vez era una combinación explosiva de autenticidad de la cual ni siquiera vivió anuente.

Al terminar de leer las cartas que mi madre escribió sólo para mí, las doblaré siguiendo el patrón que sus dedos marcaron en el papel. Me aseguraré de conservarlas como un coleccionista de joyería vigila sus diamantes, porque en ellas siempre encuentro respuestas a preguntas que nunca me había hecho.

No sé cuándo dejemos de estar juntos en este plano. No sé quién se irá primero, pero sé que extrañaré sus cartas. Por ahora, seguiré guardándolas dentro del cajón de mi mesa de noche, donde descansan amontonadas todas las palabras que me ha regalado a través de los años. Al alcance de mis brazos durante noches temblorosas.

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