
Visité Chile cuando tenía 23 o 24 años. Parte de mi familia y yo pasamos una noche en Santiago y a la mañana siguiente volamos hacia el sur del sur, hasta Punta Arenas. Viviríamos varios días mágicos dentro y fuera de Chile continental, pero quizá lo que más me impresionó del viaje fue la mujer sentada junto a nuestra mesa en un restaurante.
En Punta Arenas recorrimos uno de los cementerios más bellos que he visto, donde reposan, entre el polvo de sus víctimas, los mausoleos de algunos colonos, protegidos por un laberinto de cipreses canadienses. Tomamos un ferry que nos llevó a Porvenir, una isla en Tierra del Fuego a dos horas de Sudamérica. Ahí vimos pingüinos por primera vez. La reserva natural estaba totalmente cercada porque en el pasado algunos turistas irrespetaron las reglas acercándose demasiado a los animales para sacarse selfies. También presenciamos la majestuosidad que es el Parque Nacional Torres del Paine, con sus lagos turquesa, picos nevados esculpidos por el viento y cascadas que musicalizan esos 2,400 km².
“El mejor chupe de centolla de la Patagonia lo encuentras aquí”, leímos en un cartel caminando en Punta Arenas después de alguna de esas excursiones. La frase fue suficiente para convencer a cinco turistas de conocer el restaurante promocionado.
El sitio estaba extremadamente enchecherado, cada centímetro de espacio invadido por algo innecesario. “Un poco tacky”, pensé, pero el chupe de centolla fue un 10/10: abundante, bien sazonado, cremoso y calientito, aplacando la brisa fría que llegaba del Polo Sur.
Creo que vi a la mujer desde que entré al restorán y probablemente escogí la mesa a su lado por mera curiosidad. Algo en ella me llamaba. Estaba sola. Tranquila. Había terminado de comer. Tomaba una copa de vino tinto viendo fijamente hacia el horizonte.
Por supuesto que no sabía nada de su vida. No sabía si era local o visitante o si estaba viajando con más personas y ese día sus compañeros enfermaron. No sabía si había peleado con su pareja y por eso almorzaron en lugares diferentes. Tal vez sus amigos ya se habían ido cuando nosotros llegamos. Demasiadas posibilidades. Sin embargo, en mi mente ella estaba sola por decisión propia.
En mi mente ella era una viajera solitaria y yo, convencido de esta realidad imaginaria, entendía sus intenciones. Conocer una nueva ciudad sola; la absoluta libertad de moverte a tu ritmo en un territorio desconocido. Viéndola me sentí comprendido. A lo mejor mi mente estaba buscando una señal externa que afirmara mis ansias y conceptos de libertad y paz.
A la gente siempre le ha costado comprender que a veces quiera, necesite o prefiera salir a comer y a bailar o ir al cine solo. Pero ahí estaba esa mujer, por lo menos en mi mente, conociendo Chile a sus anchas. En total serenidad. Sin itinerarios. Sin segundos ni terceros codirigiendo sus días. Pudiendo quedarse siete horas en un museo sin contagiarse de prisa, pudiendo elegir dónde comer sin alergias, intolerancias ni disgustos ajenos.
Mi mente tomó lo que necesitaba de la escena para hacerme sentir validado y menos solo. Porque eso es lo que hace la mente para ayudarnos a vivir en paz.
Desde entonces, he podido comprobar mi hipótesis haciendo varios viajes solo, experimentando el autodescubrimiento que solamente vives cuando conoces un sitio en solitario por primera vez, como Julie en la película La monja portuguesa del director Eugène Green.
Aún recuerdo con cariño la imagen de la mujer sola en el restaurante de Punta Arenas, pero ahora lo que me pregunto es si alguna vez he impactado a alguien así: desde lejos, simplemente existiendo.
