Todo menos pelos en las orejas

El otro día, mientras me afeitaba mi no-barba, vi por el espejo una imagen estremecedora: pelo saliendo de mis orejas. Esta es, sin duda, una de las máximas y más rudas evidencias del envejecimiento en hombres. No sé si lo afirma la ciencia, pero es lo que pienso.

Temblé porque el asunto es que un día no tenía pelos en las orejas y al siguiente sí. Así de simple. Así de temerario. Así de desgarrador; una brusca transición de noche a mañana que, si fue progresiva, nunca la noté hasta esa nefasta mañana.

No tengo canas ni líneas de expresión o arrugas demasiado marcadas. Por el contrario, la opinión de muchos es que parezco más joven de lo que soy. Gracias a la santa trinidad, tampoco me duelen las rodillas ni padezco achaques físicos. De otro tipo sí, pero ninguno que sea naturalmente asociado al envejecimiento.

Por tanto, hasta cierto punto, supongo que es justo que me salgan pelos en las orejas. No era realista esquivar tantas balas sin sufrir algún rasguño atroz. Pero permítanme un momento para procesarlo, renegarlo y ser tan dramático como quiera al respecto.

¿Ahora qué, me hago trenzitas con esos pelos? ¿Me los peino? ¿Les pongo gel? ¿Cuál es la necesidad? Karma, ¿eres tú? Maldita perra.

La verdad es que esto no tiene nada que ver con karma, sino con el tiempo, que, como es sabido, no perdona. No puedo luchar contra el reloj, pero si puedo agregar un nuevo paso a mi rutina antes de salir de casa: arrancarme esos pelos de mierda.

Y no, no voy a abrazar al cambio. Abrázalo tú. Sólo he venido aquí a desahogarme y no a recibir consejos de nadie sobre cómo sobrellevar ciertas alteraciones físicas desenfrenadas a las que la naturaleza me está enfrentando.

Me pregunto qué vendrá después: ¿uno de esos puñados de pelos que salen solamente en un lugar específico de la espalda?

Tremendo. Dios libre.

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