
La persona que más envidio en la Tierra es aquella que puede decidir libremente cuándo irse a la cama. Esa persona que, esté haciendo lo que esté haciendo—cansada o no—dice: «me iré a dormir». Y se duerme.
Así es uno de mis hermanos. Puede estar jugando fútbol, haberse tomando un Red Bull o temblar en medio de un terremoto; no importa cuándo ni cómo, basta con que se recueste un poquito en cualquier superficie para quedarse dormido plácidamente.
Las personas como él entran a sus recámaras, se cambian de ropa (o no), se meten a la cama, cierran los ojos y descansan. Así de simple. Como antesala al sueño, no necesitan pelear contra su mente, leer el libro de turno, ver una serie, escuchar un pódcast ni esperar a que el celular les caiga en la cara tras el cansancio absoluto de ver 500 reels.
La hora de dormir me aterra, pero todavía no entiendo completamente por qué. Pienso en ella apenas me despierto y me atormenta hasta que cobra su saldo por la noche. Es posible que se deba a mis obsesiones.
Quiero estar despierto siempre. Si fuera por mí, nunca dormiría, porque me gustaría estar haciendo cosas todo el rato. Pienso que los días deberían tener 48 horas. Así sí podría dormir sin sentirme culpable de estar tumbado en una cama haciendo nada. Además, quiero hacerlo todo, probar todo, ver todo, leer todo, aprender todo, escribir todo, crear todo. No se puede hacer todo mientras se duerme. Hay que estar despierto.
Como soy un ser humano que vive salvajemente entre contradicciones, quiero aclarar que sí disfruto cuando duermo y me despierto renovado, listo para hacer mil cosas nuevas. Irónicamente, lo que me molesta es la idea de dormir y las horas previas a caer rendido, porque mi mente sentencia el sueño como un ciclo de muerte temporal durante el cual no produzco nada.
Soy consciente de que eso no es verdad. Sé que dormir es elemental para vivir bien—y más—y para poder cumplir eficientemente mis objetivos diarios. Sé que cuando soñamos procesamos asuntos importantes que rondan nuestro inconsciente. Solo estoy tratando de poner en palabras el tornado mental en el que existo.
Supongo que, en parte, mi mente está contaminada por el sistema capitalista que la forjó y que exige producir sin cesar. Por otro lado, realmente me gusta mantenerme ocupado. Lo cual me hace pensar en algo que leí recientemente: «Si nuestra condición fuera verdaderamente feliz, no tuviéramos que distraernos de ella para ser felices». Eso lo escribió Blaise Pascal (1623–1662) en su libro Pensamientos.
Entiendo lo que Pascal sugiere, pero no creo que sea mi caso. O por lo menos, no enteramente. Mi vida nunca ha sido un paseo por el parque, pero tampoco es exclusivamente una tragedia. Vivo entre traumas, la aflicción post-post-postmoderna y el agradecimiento pleno por la vida que tengo. Simplemente me gusta hacer muchas cosas porque mi mente es demasiado inquieta y curiosa. Igual, basándome en su línea de pensamiento, probablemente Pascal me consideraría un hombre infeliz. Pero creo que él era tan extremista como yo.
Las veces que he hablado de esto en terapia, lo he descrito como unas ganas de vivir tan inmensas que mi mente desproporciona la intensidad indicándome que dormir es el enemigo de la vida—absurdo, nuevamente, ya lo sé. Para mí, al final, dormir es como escribir: me cuesta un montón, pero lo necesito.
Cuando escribo, lo hago porque, como he afirmado antes, necesito vaciarme o contar algo. Eso no quiere decir que el acto de escribir no sea una tortura colosal para mí, de principio a fin. Al escribir, todo en mí está vivo y activo. Lo bueno y también lo malo. La creatividad y la duda. La imaginación y el miedo.
Dormir resulta similar. Es la previa del «mañana», que me emociona porque me entusiasma tener cosas que hacer y que mis días estén cargados de actividades. Pero acostarme y cerrar los ojos me confronta con todo a la vez: mis demonios, sueños, errores, metas, amores y malezas brotan, provocando un maremoto. Ansiedad.
Creo que mi terapeuta alguna vez mencionó que podía ser un tema de control. En esencia, soy controlador. Hago listas, armo calendarios, planeo itinerarios, cuento los minutos de las horas. Cuando duermes, no hay nada que controlar. Tu cuerpo está tirado y ya. El tren se manda solo, y a mí me gusta estar a cargo de mi tren.
Esta hipótesis errada sobre el sueño no es nueva para mí. Nació en la infancia. Cuando era niño, pensaba que «habrá suficiente tiempo para dormir al morir» y que «mientras se está vivo, hay que disfrutar». Nunca me gustó dormir. Nunca aprendí a disfrutarlo. Siempre me repetí que dormir no me gustaba porque era igual a no vivir.
Ahora, en mis treintas, debo trabajar psicológicamente para erradicar ese pensamiento antes de que mis ganas de vivir me maten por falta de descanso. Y, sobre la ansiedad que experimento por las noches al pensar en el futuro, me gustaría compartir otro extracto de Pensamientos:
Nunca nos ceñimos al tiempo presente. Anticipamos el porvenir por pensar que tarda demasiado en llegar, como si aceleráramos su curso; o bien recordamos el pasado para detenerlo, como si consideráramos que fue demasiado rápido; tan imprudentes, que vagamos por tiempos que no son los nuestros, y no pensamos en el único que nos pertenece; y tan vanos, que pensamos en aquellos que ya no son nada y escapamos sin reflexión al único que subsiste. (…) Así, nunca vivimos, sino que esperamos vivir; y como siempre nos estamos preparando para ser felices, es inevitable que no lo seamos nunca.
Extremista el Pascal, ¿no? Pero entiendo su extremismo y su punto. ¿Se imaginan que viviera en 2025? Se volvería loco el chiqui.
Por cierto, estoy escribiendo esto a las 12 a. m., mientras espero quince minutos para quitarme una mascarilla, pensando en que luego debo terminar mi rutina de skincare y decidir en qué proyecto trabajar hasta que los ojos se me cierren solos.
En caso de que se lo estén preguntando: sí, también intenté meditar antes de dormir. Me obligué a hacerlo durante un año entero… y odié cada segundo.
Ya sonó el temporizador. Me quitaré la mascarilla. Deséenme suerte esta noche (y todas las demás), a ver si algún día logro mi meta mayor en la vida: quedarme dormido cuando se me pegue la gana.
