Todo bien hasta que entré al baño

Tengo un pequeño problema con los locales—tiendas, cafés, museos, bares, librerías, restaurantes, etc.—que han invertido una suntuosa cantidad de dinero en el diseño de sus fachadas, solo para olvidar que los baños también son parte de la experiencia que ofrecen al cliente y, además, una extensión de su marca.

Para mí, eso es como la gente que es bella e impoluta por fuera, pero cuando los conoces bien, resulta que siempre fueron una mierda básica con maquillaje caro o un buen corte de pelo.

Según la fuente informativa más confiable del momento, ChatGPT, se estima que entre el 20% y el 40% de las personas que van a un lugar utilizan los baños durante su visita. ¿Por qué desaprovechar esta oportunidad para reforzar el buen diseño y el ojo que han empleado en el resto del local?

La respuesta rápida y sensata que me daría cualquier dueño de negocio sería: «¡PORQUE TODO CUESTA DEMASIADO CARO Y PREFIERO PAGARLE BIEN A MI PERSONAL Y ESCOGER BUENAS MESAS Y SILLAS ANTES QUE DEDICARLE MÁS DINERO AL BAÑO!». Y, sí, creo que me gritarían, cabreados por mi audacia.

Estaría de acuerdo con ese argumento, pero por supuesto que no me estoy refiriendo a los nuevos locales que hayan abierto emprendedores con todos los ahorros de sus vidas, procurando el sabio uso de cada céntimo.

Es evidente que hay locales para los cuales la inversión ha sido desmedida y otros que se han mantenido activos por más de una década y aparentan estar bien establecidos. En muchos casos, se nota hasta que vas al baño. He ido a restaurantes que se jactan de ser esto y aquello, y de repente te encuentras orinando al lado de un trapeador en un aseo con paredes sucias, baldosas del siglo pasado y molduras desatendidas. Consistencia y credibilidad = CERO.

Los baños son parte de la historia que cuentas, y ni siquiera se trata de hacer una inversión carísima y, en ocasiones, innecesaria. A veces, lo único que necesitas es saber proyectar la personalidad del negocio en ese espacio tan menospreciado.

Hay un pequeño café de ambiente relajado al que suelo ir que tiene tres dueños: dos chicas y el perrito de una de ellas, que suele estar presente y echarse entre las piernas de los clientes. El baño del sitio es pequeño y básico, hasta que miras las paredes: están repletas de fotos enmarcadas del perro orinando o cagando alrededor de la ciudad. El perro sale mirando a la cámara en todas las imágenes. El recurso resulta cómico, memorable y en total sintonía con el espíritu del local. No creo que las dueñas humanas del café se hayan gastado más de cien dólares ejecutando la idea.

Recuerdo ir a la inauguración de otra cafetería en una concurrida calle del centro de la ciudad. Solo juzgando por la ubicación, sabía que había dinero real de por medio. El diseño del local era minimalista, chic y elegante. La puerta hacia el baño estaba oculta por una robusta tela negra que servía de cortina. Al pasar a través de ella, te encontrabas con la puerta, que al abrirla daba paso a un aseo tan impecablemente diseñado como el resto del lugar: iluminación acorde, flores, colores y decoración afines e incluso el lavabo e inodoro justo a juego con la onda del café. Coherencia = TOTAL.

No creo que esta locura mía sea imprescindible siempre. No necesito que el bar de la esquina de toda la vida tenga un súper baño. Lo único que pido, por el bien de mis manías y del storytelling de los sitios del mundo, es que haya un poco de congruencia integral.

He aprendido—para bien o mal—a valorar el diseño de un local como un todo. Por tanto, solamente cuando veo que la planeación del mismo también incluyó el meadero, me siento satisfecho. En mi cabeza es como: «Ah, mira qué bien se lo pensaron. Hasta el baño hace sentido».

Sinceramente, no tengo nada más que escribir al respecto. Este tema no es más que un pensamiento que mantengo presente cada vez que voy a un nuevo lugar y que representaba, el día de hoy, una excusa para ejercitar mi escritura.

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