
Las paredes descascaradas
del cuarto azul
donde reímos y peleamos.
La luz del sol brillaba
a través de esa horrible cortina roja.
Parecía el ocaso, pero
solo eran las ocho de la mañana.
El inicio de un nuevo día
prorrogando la amistad forzada
que la vida nos regaló.
Una película en la tele,
panquecas enormes
con muchísima canela,
café recién hecho,
una jarra de agua helada.
Nuestras carcajadas
despegaban fragmentos de
pintura vieja que caían al piso.
Los muros parecían
rompecabezas incompletos.
En ese cuarto-cueva
con cielo enmohecido,
fui más feliz que descubriendo
jardines de ciudades lejanas.
Bajo esa sábana corta,
que nos cubría a la mitad,
me sentí más seguro que cuando
flotaba en el cielo antes de nacer.
Hay un tiempo para cada cosa,
y el de nuestra existencia compartida
ya desprendió sus últimas hojas.
Pero, si algún día detienes tu prisa
para respirar el aroma del pasado,
por favor recuerda el hechizo
celestial de tu aura sutil:
el invicto remedio
a mis huesos inquietos.
En mi tórax llevo tatuado
el testamento del cuarto azul:
con su fachada podrida y
la cara de Messi estampada
en el armario dañado.
Mi malestar estomacal es
la libélula del recuerdo
revoloteando entre mis entrañas.
Puedo sentirla estrellarse
contra mis pulmones, marcando
el ritmo de nuestra amistad.
