Puños quizá, armas nunca: inteligencia emocional ancestral en el siglo XVI

[…] Y cuando en algunos pueblos riñen y traban cuestiones unos con otros, apuñéanse y apaléanse hasta que están muy cansados, y entonces se desparten. Algunas veces los desparten mujeres, entrando entre ellos, que hombres no entran a despartirlos; y por ninguna pasión que tengan no meten en ella arcos ni flechas. Y desde que se han apuñeado y pasado su cuestión, toman sus casas y mujeres, y vanse a vivir por los campos y apartados de los otros, hasta que se les pasa el enojo. Y cuando ya están desenojados y sin ira, tórnanse a su pueblo, y de ahí adelante son amigos como si ninguna cosa hubiera pasado entre ellos, ni es menester que nadie haga las amistades, porque de esta manera se hacen […]

Ese es un fragmento de Naufragios, un diario de viaje escrito por el colonizador español Álvar Núñez Cabeza de Vaca, quien participó en diversas misiones de explotación en Norte y Sudamérica durante el siglo XVI, en nombre de la corona española.

Naufragios detalla la desafortunada expedición de Pánfilo de Narváez a la Florida, entre 1528 y 1537. El viaje comenzó con 600 hombres y terminó con solo cuatro sobrevivientes, entre ellos Núñez.

Según el diario —vendido hoy como libro y ampliamente corroborado por fuentes históricas—, los invasores recorrieron una vasta extensión del Golfo de México, incluyendo territorios que hoy forman parte de Estados Unidos, México y Cuba.

El texto compila los primeros registros históricos de varios pueblos originarios del área explorada y detalla cronológicamente las experiencias de los colonos: hundimiento de navíos; huracanes; enfermedades; batallas contra aborígenes; ocasiones en que fueron esclavizados por nativos y vendidos entre tribus; e incluso momentos en que llegaron a ser considerados dioses o desempeñaron el rol de curanderos.

El libro me pareció una lectura desproporcionadamente interesante. Casi podría citar y explayarme sobre cualquier página, pero el testimonio que incluí al comienzo de esta nota fue uno de los que más me impresionó.

La gente a la que Núñez se refiere en ese pasaje son los «indios de Mal Hado», es decir, los pueblos originarios de la actual ciudad de Galveston, en Texas, Estados Unidos. Allí, Álvar se encontró con un grupo de indígenas cuya costumbre social narra en el extracto que transcribí textualmente del libro.

La edición del libro que leí.

Me sorprendió descubrir que, incluso durante aquella época, ya se percibía una forma propia de mentalidad civilizada en aquel pueblo «bárbaro», en clara contradicción con el dictamen de los colonizadores. Ya se evidenciaba que, cuando esos hombres estaban en desacuerdo, en lugar de emplear sus armas unos contra otros, optaban por alejarse de la comunidad y regresar solo cuando la ira se les hubiera bajado de la cabeza a los pies.

Olvidemos por un momento que, al parecer, los «indios del Mal Hado» sí se agarraban a puños cuando estaban en desacuerdo. Quedémonos con la segunda parte del relato: «[…] Y por ninguna pasión que tengan no meten en ella arcos ni flechas. Y desde que se han apuñeado y pasado su cuestión, toman sus casas y mujeres, y vanse a vivir por los campos y apartados de los otros, hasta que se les pasa el enojo. Y cuando ya están desenojados y sin ira, tórnanse a su pueblo, y de ahí adelante son amigos como si ninguna cosa hubiera pasado entre ellos […]».

Ellos tenían armas. Ciertamente no europeas, pero sí arcos, flechas y lanzas. Podían hacerse daño mortal, pero preferían irse. Elegían no seguir reaccionando bajo el efecto de la ira. Eso dice mucho sobre su nivel de inteligencia emocional, su aprecio por la vida humana dentro de su comunidad y por los vínculos que la sostenían.

Imagina si tratáramos los problemas actuales de esa manera —exceptuando los puños, por supuesto—. Imagina tener el carácter, el dominio propio y la voluntad necesarios para expresar abiertamente lo que nos molesta y, si no hay consenso, optar por tomar distancia y evitar actuar con la sangre hirviendo.

A menudo desestimo que también existe la opción de marcharse durante una temporada o para siempre, si es necesario. A veces el mundo me sorprende viviendo a la defensiva, y olvido que está bien coger aire lejos de la situación o persona causante de mi frustración, y que cuando regrese, posiblemente mis emociones ya estén niveladas y mi mente incluso haya olvidado los detalles del problema, provocando la salvación de una relación cuyo fin, o por lo menos su final trágico, era innecesario.

Para los originarios de Galveston, la vida no era fácil. Vivían en estado de alerta constante. Las comunidades aborígenes vecinas representaban una amenaza, y, además, esos nuevos hombres rubios, «hijos del sol», acababan de llegar. Nadie sabía a qué venían ni de dónde habían salido.

Aun así, preferían apartarse antes que lamentar sus acciones al cabrearse. Admirable. Espero tenerlo más presente en el futuro, porque mi pasado se habría beneficiado mucho de esta filosofía.

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