
Ve hacia donde suenan las campanas.
Sigue su estruendo y piérdete entre ellas con las manos adentro del pantalón, protegiéndote del frío otoñal que hace en las ciudades durmientes a las once de la mañana.
Que cuando te quites los zapatos, caiga un mar de arenilla color melocotón, de esa que esparcen en los parques. Ensúciate las zapatillas de polvo. Acumula en sus suelas capas gruesas de mugre, difícil de limpiar con cepillo.
Cuenta las ampollas que te salgan en los pies. Ojalá sean varias, pero que no duelan y se curen pronto… para que mañana mismo te salgan nuevas.
Sigue el baile de las campanas: ding-dong. Ding-dong. Ding-dong.
El ritmo de la curiosidad. Mantenlo vivo.
Si no te asomas por la esquina de ese edificio, siempre te preguntarás qué había detrás.
Ve solo, sin que nadie te imponga cuándo y cómo pasear.
Sal con una botella grande de agua en la bolsa.
Tómate todo el café de la ciudad para estar atento a lo que desconoces, para que lo nuevo se te meta por los poros y, como buen exfoliante, remueva la costra del pasado.
Escabúllete por ahí. Habla con extraños.
Equivócate en otro idioma. Pierde el miedo de parecer tonto.
Llora en los puntos de interés.
Entra a las iglesias católicas, aunque no creas en la Virgen.
Siéntate en el banco de madera, entre murmullos de oraciones, y escribe lo que salga.
El único que pierde es quien se priva de bailar por no tener con quién.
Trata de descubrir de qué color son los ojos desconocidos que se cruzan con los tuyos en ese país ajeno.
Camina por las calles chiquitas.
¿Vas o vienes?
Ambas.
Siempre ambas.
