La vez que un amigo me desconfiguró en Varsovia

No es lo ideal (para mí), pero así pasó: descubrí que me gustaría volver a salir con alguien mientras conocía una ciudad europea junto a un viejo amigo.

Mi amigo es guapo, encantador y tiene un sentido del humor seco, más ácido que el jugo recién exprimido de un limón —chef’s kiss. Además, es un viejo secuaz. Tenemos historia, escrita en Panamá, cuando él solía vivir allí.

Polonia fue el país. Varsovia la ciudad. Si quieres conectar o reconectar con alguien, váyanse juntos a una ciudad que ninguno de los dos conozca. Cada vez que la otra persona se acuerde de aquel viaje, tú también estarás en su pensamiento. La memoria de la ciudad y de sus calles olerá a ti, y viceversa.

Por ejemplo, todos los días salíamos a recorrer las calles de Varsovia, una ciudad que no es NADA como la pinta Google Images. Es muchísimo mejor. Lo asombroso de Varsovia es que sus edificios, exceptuando los del centro histórico (reconstruido tras la Segunda Guerra Mundial), pueden parecer sombríos y descuidados. Pero cuando entras a las tiendas, cafés, restaurantes, bares, etc., descubres que cada lugar brilla con luz propia gracias a su vibra.

Es como si los dueños de todos los locales se hubieran puesto de acuerdo y dicho: “Okay, las fachadas exteriores de nuestros edificios lucen muy comunistas. Inyectémosles toda la vida posible por dentro. Seamos creativos y asegurémonos de que cada lugar tenga algo único que ofrecer”.

Eso hicieron, se hayan puesto de acuerdo o no. Todo lo que no se ve por fuera está adentro. Es maravilloso verlo en persona porque, cuando caminas por las calles, dices “umm, okay”, pero cuando te adentras en los callejones y locales, te das cuenta de que no quieres irte nunca hasta explorar cada sitio. Los edificios tienen una doble vida: estética y vibracional.

Por otro lado, cuando no ves a un amigo desde hace tanto y deciden viajar juntos, solo hay una manera de llevarlo fluidamente: abriéndose emocionalmente sin tapujos. A menos que seas de esos hombres incapaces de hablar con otros hombres sobre sus sentimientos e impresiones de la vida. No era nuestro caso.

Pasamos muchísimo tiempo a solas. No nos quedaba otra cosa que conversar. De todo: de todo lo que nunca nos habíamos contado. Aunque hubo momentos de silencio, hablamos hasta por los codos. Le pregunté de todo, y él a mí. Reímos a carcajadas, siempre compartíamos platillos en restaurantes, nos emborrachamos, anduvimos high por ahí, fuimos de compras y hasta lloré contándole por qué la película Aftersun es tan importante para mí.

Demasiado tiempo juntos, todos los días, descubriendo una ciudad desconocida para ambos. Pasó que me vi deseando repetir la experiencia con alguien que sintiera atracción, interés y amor sentimental por mí. Y fue ahí cuando dije: “Me cago en todo. Chucha madre”. El deseo de conocer a alguien y de, posiblemente, enamorarme había vuelto después de años de mantener esas compuertas 100% cerradas a propósito. No tengo quejas de haber vivido ese viaje con mi amigo, a quien quiero tanto y quien está felizmente en una relación. Pero recuerdo repetirme: “Qué tan cool sería vivir esta misma experiencia con alguien especial, románticamente”. El viaje me desconfiguró.

Y digo que me desconfiguró porque, aunque suene lindo, yo evito sentirme así. No me gusta hablar de amor ni de mi vida amorosa. Tampoco me gusta enamorarme ni sentir nada por nadie. El miedo al corazón roto (entre otros temores) me supera la mayoría de las veces.

Reconozco que ese miedo y mi testarudez probablemente me han alejado de buenas oportunidades. Aun así, el tonto de mi amigo me hizo empezar a preguntarme toda clase de idioteces: ¿Será que descargo una aplicación? ¿Será que me doy la oportunidad de conocer a alguien nuevamente? ¿Será que ya estoy listo? Luego me puse a pensar en lo triste que es el escenario de citas en línea y me calmé.

Vivimos en un mundo online, pero no por eso estoy dispuesto a pagar el precio completo de esa realidad. Todo el que me conoce sabe que soy pésimo respondiendo mensajes. Creo que la población mundial se ha malacostumbrado a esperar una reacción casi inmediata a cualquier mensaje que envíen por WhatsApp. Si no te contactan por ahí, lo hacen por DM de Instagram, por email o, los más despiadados, te llaman directamente. ¿Nadie recuerda que la vida era diferente en 1999?

Siempre digo lo mismo: yo tengo una vida que vivir. Me niego rotundamente a ser esclavo de los mensajes. Contesto cuando puedo y, cuando lo hago, me comprometo a enviarte una respuesta consciente y de valor. No cualquier payasada para salir del paso. No es mi estilo.

Ahora imagíname en una app de citas. Si me demoro como dos semanas en contestar un WhatsApp de mis hermanos, ¿tú crees que quiero dedicarle tiempo a responder los infinitos “hola, ¿cómo estás?” de un mar de desconocidos con perfiles mal hechos en Tinder? No. Prefiero quedarme solo por otros cinco años si eso significa que conoceré a mi próxima pareja espontáneamente en una fiesta, por ejemplo. En este tema, no soy fan de buscar lo que está quieto, sino de que lo que está quieto me encuentre, y partir de ahí.

El otro día hablaba de esto con un amigo y me dijo que mis preceptos negativos sobre el amor y la vida en pareja posiblemente hayan construido una energía invisible, pero perceptible, que repele a cualquiera que intente acercarse a mí con ánimos románticos. Le di la razón.

Seh, mi amigo me desconfiguró (o reconfiguró… depende de cómo lo veas). Pero igual estoy feliz de haber descubierto que, al menos por ahora —ay, esto suena muy cursi, me muero—, estoy dispuesto a abrirle nuevamente las puertas al amor.

El viaje con mi amigo me hizo sentir un poco de esperanza. Ese destellito me inspira a pensar que, quizá, si la suerte hace que brote entre otro ser humano y yo esa química cósmica —tan jodidamente difícil de encontrar—, podría pasarlo tan bien con esa persona como la pasé con mi amigo en Varsovia. Y que, esta vez, pueda recorrer las calles escondidas de una nueva ciudad, sosteniendo la mano de alguien cuyo amor romántico sea recíproco.

ME CAGO EN MI AMIGO. SINCERAMENTE.

Deja un comentario