La simulación del verano europeo idílico

Si alguien filmara mi vida ahora mismo, pudiera juzgarla como uno juzga a los personajes de La Ciénaga. En esa película de Lucrecia Martel, pareciera que todos los personajes son unos holgazanes que solo ven los días pasar, bronceándose frente a la piscina, completamente desconectados del hecho de que, fuera de su casa de verano, hay un mundo que palpita.

Estas últimas semanas he sido una de esas pocas personas muy privilegiadas que pueden encontrar paz en medio de un mundo que arde donde sea que apuntes con el dedo en un globo terráqueo.

Estoy en Valencia, España, despreocupado, en casa de dos amigas, celebrando su doceavo aniversario de relación. Vine a verlas y a reemplazar el verano seco y sin mar de Madrid por uno más húmedo, que me recuerda a casa.

Los tres tenemos trabajo y proyectos personales que encarar, pero nos hemos comprometido a disfrutar el verano. Al fin y al cabo, Valencia está bordeada de playas y hay una piscina en el complejo residencial de mis amigas.

Así que hemos estado cumpliendo con nuestras responsabilidades, pero, sin pensarlo dos veces, apenas terminamos lo mínimo, cambiamos la ropa de casa por bañadores.

Enviamos correos semidesnudos, cubiertos de pies a cabeza en protector solar, sentados sobre la hierba que rodea la piscina del edificio. Revisamos el presupuesto de un proyecto, aprobamos alguna cotización, atendemos llamadas con las cámaras apagadas. Luego ponemos la computadora a un lado y nos damos un chapuzón.

Subimos al apartamento, comemos y nos trasladamos a la playa a eso de las cuatro o cinco de la tarde, cuando, en el verano español, el sol brilla y quema tanto como si fuera el mediodía.

En la playa encontramos el mejor rincón para tender nuestras toallas y merendar, no sin antes tomarnos una taza de café o una copa de rosé en nuestro sitio favorito frente al mar.

Conversamos dentro del mar mientras vigilamos nuestras pertenencias desde la distancia. Regresamos a casa, cansados de vivir dulcemente. Ellas cocinan, cenamos y yo lavo los platos.

Pero el día no ha terminado. No puede acabar sin completar uno de los grandes rituales que juramos hacer cada noche: nadar en la piscina de 10 a 11 de la noche, cuando no hay nadie, justo antes de dormir.

Este compromiso con el hedonismo veraniego se forjó en una semana y media. Una semana y media mágica en la que tratamos de ignorar que Estados Unidos está de cabeza, afectando de la peor manera imaginable el presente y futuro de millones de personas y decenas de países; o que la situación en nuestros países de origen empeora por segundo; o que estamos viendo el exterminio de los palestinos en vivo y a todo color; o que la guerra en Ucrania continúa mientras el mundo, incluyéndonos, parece escandalizarse mucho más porque el CEO de una compañía fue captado siendo infiel en un concierto de Coldplay.

Mis amigas y yo estamos plenamente conscientes de que este verano europeo, tan apacible para nosotros, es una simulación: una mentira y verdad a la vez. Los tres somos ultrasensibles a nuestro entorno y hacemos lo que podemos para tratar de amortiguar el inevitable colapso del mundo.

Cada quien también lidia con problemas muy suyos, asistidos por medicinas y doctores especializados que nos guían para no caer al piso, completamente abrumados por los engaños y juegos de nuestras mentes.

Pero, así como somos conscientes de la situación desastrosa del planeta, también estamos anuentes de que sigue habiendo belleza y esperanza en él. Sabemos que no podemos vivir como víctimas y optar por desperdiciar el verano.

Hacerlo no detendrá el exterminio de Palestina. Al parecer, nada ni nadie puede frenar esa masacre. La mayoría de los gobernantes, líderes de opinión, medios y celebridades no se atreven a enfrentar las consecuencias de defender lo único correcto. Son unas gallinas desplumadas.

Aun así, despreciar el verano no hará mucho por nadie. Sin duda, es una sensación rara, esta de disfrutar la vida mientras el mundo llora, sobre todo cuando vivimos informados de cada pequeña, mediana y gran tragedia que azota a la Tierra. Pero la opción contraria—aparte de protestar, donar a organizaciones, hacer voluntariado, etc.—es llorar, gritar y quejarse, lo cual tampoco ayuda en nada a nadie.

Pero este verano… este verano hemos decidido entregarnos al placer de que, ahora mismo, la luz del sol no se apaga hasta las 10 de la noche y aquí, en la parte del mundo donde vivimos, no hay colonos tratando de echarnos ni matarnos. ¿Eso nos hace egoístas? ¿Deberíamos estar llorando en vez de disfrutar la playa?

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