
¿Cómo un día puedes estar tan enredado y al siguiente tan claro? ¿Cómo se convive con ambas realidades bajo la misma piel?
¿Cómo hoy puedo estar tan sereno cuando ayer mi cuerpo era un desbarajuste? ¿Será el sabor del mar? ¿Será el atropello del agua contra mis pies y las rocas más allá? ¿Será la sal que se mete en mis ojos, haciéndome ver el paisaje amarillo?
Una a una se desvanecen mis inseguridades al respirar esta brisa salobre.
Hoy, milagrosamente, me siento transparente. Hoy no tengo miedo de enfrentarme a la vida ni a sus trivialidades, que generalmente me adormecen tanto. Hoy—no ayer, no sé mañana—puedo aceptar lo que venga con buen semblante y decir: «sí, hagamos lo que debamos para estar bien».
Acepto el destino en silencio.
Hoy no siento ganas de pelear con mis estándares erróneos ni con mis expectativas desproporcionadas.
La luz del sol marca la ruta. Me detengo donde encuentro un sitio en el que sus rayos me impacten directamente. La arena: metida en todas partes. Intrusiva. Me disgusta, pero hoy le permito invadirme.
Este paseo inesperado y su efecto en mí me hacen pensar que, a veces, la vida sin tanto calendario también funciona.
Soy rígido, pero la corriente del agua me mueve a su antojo. En sus brazos pierdo el control que tanto anhelo. No soy nada ante el poderío del océano, siempre dispuesto a recordarme que le pertenezco, que soy su marioneta. Y disfruto saberlo, porque me hace descansar de mí mismo.
Este momento es la única realidad. Los planes son fantasías. El futuro, falso, ciega. Nada de lo que me preocupa que pueda pasar mañana es verdad. Hoy el sol brilla—no ayer, no sé mañana.
En medio de los compromisos, existe en libertad un espacio blanco reservado para la espontaneidad. Esa es la vida. Pueden ser diez minutos o diez horas. Ahí está el elixir del cual debo mamar ferozmente, como bebé que se aferra al pezón de su madre mañana, tarde y noche.
Aquel espacio blanco es elemental para el descanso cerebral. Aunque fluir en él no es mi fuerte. Me cuesta, porque hacerlo es lanzarse a un profundo vacío oscuro entre puntiagudas formaciones rocosas, con los ojos vendados y las extremidades atadas.
Puede ser aterrador asimilar que estamos a merced de múltiples resultados, influenciados por el gran círculo de acción y reacción, condicionado por las decisiones de ocho billones de personas. Pero nosotros también somos parte de esa ecuación.
Rendirse ante ciertas verdades es la diferencia entre la miseria y vivir sonriendo.
