Diario: «a veces solo me quiero creer escritor»

Lunes 22 de noviembre de 2021

Tal vez, a veces solo me quiero creer escritor. Agarro el bolígrafo y abro la libreta. Contemplo las hojas blancas, desérticas, sin nada que escribir en ellas. Pareciera que hay días sin palabras. Pero eso nunca es totalmente cierto.

Lo que sucede, creo, es que me da pereza sacar lo que hay en mi interior. Extraer mis sentimientos requiere energía mental y emocional.

Escribir lo que pasa dentro de mí también me confronta con viejas inquietudes. Quizá no me da pereza escribir, sino luchar.

Algunos días solo quiero abrir el cuaderno y hacer trazos sin sentido. Rellenarlo de garabatos que no signifiquen nada, pero que igual salgan de mí, de mis manos, como aliviadores de presión.

Garabatos incomprensibles, solo relevantes para su autor, quien buscó refugio en un montón de nada plasmada con tinta negra sobre papel. Trazos tontos, pero cargados de secretos y verdades tenebrosas imposibles de decodificar por mí mismo u otros.

Sin embargo, siempre llega la hora de escribir. Y las palabras que ordeno salir a primera línea de batalla suelen ser insignificantes. Mientras aquellas que realmente quiero arrancarme de la piel esperan retenidas por mi falta de coraje, incluso en la intimidad de mi diario.

Palabra y verbo al que temo: amar.

Qué miedo me da amar, porque cuando amo no conozco puntos medios. Si amo, AMO—un absolutismo asfixiante que me desarma.

Cuando el amor toma control, no me suelta. Mancha de rojo todos mis pensamientos. Entrego todo cuanto hay en mí, y casi nunca, o nunca, recibo la misma ofrenda a cambio.

Quizá siempre seré el que ama más. Puede que ese sea mi rol en mi vida romántica: el que lucha más, el que entrega más, el que perdona más. El que recibe menos.

No. Imposible. Ya estoy muy viejo para eso. Pero, ciertamente, siempre me vierto entero porque es la única forma de amar que me parece lógica.  

¿Entonces me da miedo amar o la persona amada? Puede ser ambos. Pero nada me atemoriza más que el final del amor. Porque todo termina. La gente deja de sentir, mueren, reemplazan prioridades…

Es un sentimiento desgarrador, indicativo de haber vivido, cierto, pero igualmente terrorífico. Es el vacío a tus pies. Caes en él sin paracaídas. Te golpeas fuertemente contra el suelo del fondo y es tu responsabilidad salir de ese pozo maloliente aferrándote a sus paredes enmohecidas y resbaladizas con tus uñas rotas.

Supongo que, al final, terminé escribiendo lo que realmente necesitaba expresar. Si me enfrento al papel, el corazón siempre gana la batalla. Puede que inicie dibujando garabatos, pero lo que debe salir, saldrá.

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