Ay, te dejo Madrid – Vol I

Era algún día de algún mes de 2021, mi segunda vez en Madrid. Hice una gira por los principales museos de la ciudad. El último que visité fue el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Recuerdo que estaba medio vacío porque fui a eso de las dos de la tarde, hora de la sagrada siesta española. Y, en cuanto a otros turistas como yo, sinceramente no tengo idea de dónde estarían.

Recorrí el museo a mis anchas. Me quedaba diez, quince o veinte minutos viendo obras diminutas y colosales de diferentes artistas a los que nunca antes había sido expuesto en persona. Obras de genias y genios sobre los que escuchas toda tu vida, de quienes no puedes escapar porque su arte ha teñido múltiples matices del mundo actual.

Después de demorarme todo lo que quise viendo cada cuadro, me dediqué a observar el edificio. La casa que alberga el Guernica de Pablo Picasso (no es que me encante el Guernica, pero es una referencia suficientemente conocida) es una estructura híbrida compuesta por un antiguo hospital de estilo neoclásico del siglo XVIII y un ala moderna inaugurada en 2005 bautizada como el edificio Nouvel.

Subí y bajé escaleras. Lo vi desde el norte, sur, este y oeste. Miré hacia arriba, abajo, a mi derecha y a mi izquierda. Tomé fotos de sus techos, ventanas y pasillos. Llegué a los pies de una especie de terraza que justamente estaba abierta ese día. Salí y me quedé viendo el movimiento de los autos abajo, en la calle. Pensando en que toda mi vida había querido salir de Panamá y vivir en otro sitio un rato. Pensando en que ya tenía 31 años y todavía no había logrado esa meta.

No sé cuánto tiempo me quedé ahí, viendo los carros pasar: automóviles que transportaban a personas que vivían fuera de Panamá. Gente caminando debajo de mí, personas que vivían en Madrid, en otras ciudades españolas o en otros países.

Panamá es mi cuna, pero mi amor por mi patria nunca ha jugado en contra de mis ganas de experimentar la vida fuera de ella, y todo lo que eso implica.

Recuerdo sentir cierta melancolía, como si extrañara vivir en Madrid sin siquiera haber estado allí por más de quince días. Cuando me cansé de ver pasar a los carros, bajé a la planta baja del museo y me fui. No sé a dónde ni qué calle tomé.

Quién coño diría que cuatro años después de esa visita viviría a 100 metros de ese museo.

Aquí estoy, en Madrid, a punto de regresarme a Panamá después de tres años de estudios. Cuando empaque, tendré que guardar cuidadosamente dos certificados de los dos másters en cine que vine buscando. Sí, me estoy permitiendo ser un poco arrogante en este momento, un poco soberbio, quizá. Me siento orgulloso.

Trabajé, ahorré, me mudé a Madrid y me regalé el lujo de estudiar cine mientras el mundo ardía.

Ahora toca regresar. ¿Quiero? No. Me quiero quedar en esta ciudad que amé desde siempre, y sigo amando con locura absoluta. Amo mi vida aquí. En Panamá está mi familia, un sobrino que todavía no conozco, mis amigos de infancia, mis mares del alma y, seguramente, un futuro prometedor. Pero en Madrid está el estilo de vida estimulante que siempre soñé para mí y el espejismo de formar parte de una industria audiovisual pujante.

Estoy escribiendo esto sentado en el sofá de mi apartamento—o piso, como dicen aquí. Antes bajé a tomarme un flat white en la calle continua y luego fui a comprar pan fresco para el desayuno. La panadería queda a menos de cinco minutos a pie y, si quisiera, podría llegar desde ahí al cine del barrio en apenas diez minutos.

Junto a mi edificio hay un centro cultural gratuito con exposiciones, cartelera de eventos especiales, cafetería, biblioteca y terraza. Enfrente, un teatro. Como mencioné antes, el Museo Centro de Arte Reina Sofía está a solo 100 metros y, si camino un poco más, me encuentro con el Real Jardín Botánico, el Museo del Prado, una feria de libros permanente en la Cuesta de Moyano, el Museo Thyssen-Bornemisza y, un chin más adelante, otro centro cultural gratuito. Todo ello rodeado de cientos de restaurantes, toda clase de cines, bares, plazas, tiendas, cafeterías, librerías, parques, reposterías, galerías de arte… Todo a distancia de pie.

El día a día que quiero está aquí, pero intuyo que Panamá me está llamando. Creo que debo contestar. Nunca dejaré de venir ni de moverme. Presiento que mi vida será movimiento constante. Sin embargo, hay cosas que hacer en mi país. Mucho, de hecho.

Madrid estará aquí. Siempre. Los aviones existen.

Ya podré venir. De momento, la vida me está llevando de vuelta a mi bella ciudad, delineada por el Pacífico.

Qué lindo este duelo, cargado de nostalgia y de agradecimiento en la misma medida. Dejo cosas, pero me llevo un montón.

Probablemente esta no sea la última nota que escriba sobre este proceso, pero, por ahora, ya estuvo.

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