«Después de leer todas estas cosas, ¿quién querrá trabajar contigo?»

Supongo que si lees mi blog, un día cualquiera, pensarías que soy un desgraciado. Lo que publico a veces me presenta como una persona inestable, nerviosa, ansiosa, taciturna, hiperemocional y muy vulnerable. No te equivocarías en pensarme así porque todos esos adjetivos me describen bien, y realmente no tengo problema en que asocien mi identidad con el significado de esas palabras. Especialmente porque también conozco el significado de muchos otros términos positivos y poderosos que me definen igual o mejor. Aunque, aclaro, no considero negativos ni problemáticos los adjetivos mencionados arriba ni pienso que sea correcto avillanarlos.

Volviendo al punto inicial de este escrito, le pediría al lector de mi blog—incluida mi madre y las otras tres personas que lo leen—que no se asusten con lo que se encuentren por estos lares. Me gustaría recordarles que este blog es mi refugio primario del mundo y de todas sus tribulaciones, y de los enredos que hay dentro de mí. Sin este espacio, enteramente mío, estaría podrido.

Este blog es la manta que me abriga durante las noches heladas y el paraguas gigantesco que me provee sombra en los días más calurosos. Chueco como está, simple como es, creé este blog para derramarme, porque el vaso a veces está muy lleno y me es imposible beberlo sin ayuda. Lo creé para existir plenamente y sin juicios en un mundo donde—yo sé—la sinceridad emocional está mal vista porque «qué pensará la gente».

Por ejemplo, podría pensar alguna persona: «después de leer todas estas cosas, ¿quién querrá trabajar contigo?». De hecho, eso ya me lo preguntó alguien una vez. La respuesta que di entonces es la misma que mantengo ahora: yo no querría trabajar con nadie que lea mis escritos y ejerza sobre ellos juicios cargados de malicia. No querría yo tener nada que ver con otro ser humano incapaz de concederme el permiso de ser gente.

La fragilidad que a veces se lee en mis piezas es la dosis de vulnerabilidad que me permito compartir abiertamente con el «mundo» (las cuatro personas que me leen). Mi humanidad no me resta valor. Al contrario. Mi apertura emocional no me incapacita ni me priva del acceso a mis habilidades, conocimientos, talentos y dones.

Para explicar mejor la función que cumple este blog en mi vida, se me ocurre remontarme al período de la peste negra, durante la Edad Media. En aquel entonces, los doctores no sabían cómo enfrentarse a esa enfermedad, que acabaría por exterminar a la mitad de Europa.

Desesperados, se les ocurrió aplicar la sangría, un método que consistía en someter a sus pacientes a una extensa extracción de sangre con la esperanza de eliminar de sus sistemas la «sangre enferma» que podría estar provocando la enfermedad y así librarlos de ella. La técnica, aunque bien intencionada, no funcionó.

Sin embargo, siglos después, esa es la imagen que viene a mí para tratar de ilustrar efectivamente lo que escribir y publicar hacen por mí: extraen mi «sangre enferma», despojándome de ella para siempre. Por eso es probable que en esta web haya más contenido gris que rosa, porque este es mi método de sanación y salvación.

Al leer mi blog, aproveche el lector para fisgonear mi interior a manera de análisis o de entretenimiento y no tanto para creerme triste o miserable. Sobre todo porque es bastante seguro que, si he decidido compartir una experiencia, pensamiento o sentimiento por aquí, ya he hecho las paces con la situación en mi interior.

Aunque al leer se preocupe—lo cual agradezco sinceramente—, le sugiero no preocuparse tanto. Permítame estallar como un globo lleno de agua contra las páginas blancas de mis cuadernos físicos y digitales. Así existo más ligerito. Y si voy por la vida más ligero, todos salimos ganando.

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