El gay con la batuta

Todos aplauden al gay con la batuta
Todos agradecen su espectáculo
Y las veces que avienta su batuta al cielo
Y desde arriba cae en sus manos
¡Gran proeza!
Todos gozan con sus gestos
Todos ríen con él (¿de él?)
Todos encuentran simpáticos los ademanes del gay
A todos les da risa como mueve su batuta el “gay ese”
A todos les parece “curioso”
Sacan sus celulares para grabar y generar “likes”
Todos aplauden al gay que menea su batuta tras la melodía de las liras
Todos marcan el paso con él cuando escuchan el redoble del tambor
Y a las 12 a.m. del 29 de noviembre el público grita: “¡media vueltaaaaaaaa, YA!»
El gay guarda su batuta y la audiencia desaparece
¡Que viva el gay!
Que nos entretenga el gay
Que haga volar su batuta el gay
Que nos haga reír el gay
Pero que no se case el gay
Que no herede el gay
Que no tenga hijos el gay
Que no se defienda el gay
Si quiere, que ame a escondidas el gay
Que cuando falten dos días para diciembre, deje de existir el gay
Que pague impuestos el gay
Pero que no ondee su bandera el gay
Que luego de noviembre se pierda
Que resurja junto a momo
y sea echado antes del miércoles de la cruz en la frente
Que chévere el gay, ciertos días a ciertas horas
Pero que luchando no me cierre la calle el gay
Que su cliché televisivo me haga reír
Pero que no entre a la asamblea el gay
Que exista solo cuando mi humor lo necesite
Que aflore solo si carcajadas emite
Génesis no menciona Evos
Que no pelee por derechos nuevos
Más le vale a ese gay que se controle en la avenida
Que no me mire como yo desvisto con los ojos a cientos de mujeres que por mi hombría actúan ofendidas
Que viva el gay con su cintita tricolor
Te acepto hoy con tu batuta
pero mañana te escondo alegando pudor


¿Por qué escribir esta pieza?

Panamá vive momentos en los que un diputado, electo democrática y popularmente, tiene la audacia de expresar en televisión nacional, y durante plena crisis constitucional, que los homosexuales no pueden entrar a la asamblea legislativa, la cuna de la ley panameña. Cuando le preguntaron por qué, el señor respondió: “porque ellos son gais”.

El comentario de este señor no sólo esboza ignorancia, también es discriminatorio, alienador, alarmante y atenta contra la misma libertad en medio de la que él fue elegido por votación popular para ocupar un cargo público. Y así expresó su opinión, justo antes de las fiestas patrias panameñas.

Para los que no son panameños

Panamá festeja la mayoría de sus fiestas nacionales en noviembre. Para suerte nuestra, muchos de los acontecimientos históricos más determinantes del país sucedieron en diferentes años, pero durante ese mismo mes. Lo que significa: montones de días libres de los que nadie se queja ni quejará jamás.
 
Durante varios días del onceavo mes, diferentes bandas musicales privadas, públicas y escolares, honran al húmedo suelo que los vio nacer desfilando en las principales ciudades, calles y avenidas ante miles de espectadores. Las orquestan tocan piezas que han practicado durante meses y que finalmente pueden interpretar en vivo a la merced del inestable clima panameño y del juicio de la audiencia, que premia bailando o castiga ignorando.
 
En todo caso, esta temporada trajo recuerdos a mi memoria sobre aquellos desfiles patrios en los que he visto a habilidosos batuteros homosexuales formar parte de una que otra banda independiente. ¿Me han confirmado esos hombres que son gais o de género fluido o no binario? No, ni uno solo de ellos. Es lo que he deducido. Pero prefiero pasar por prejuicioso antes de pensar que quizá aquellos hombres no son gais, sino heterosexuales haciendo de los homosexuales unas carismáticas y talentosas caricaturas a disposición del entretenimiento de un público hambriento de morbo. 
 
Durante esos minutos, en los que el batutero hace bailar a su instrumento, la sociedad se vuelve “cómplice” de su identidad, celebra cada paso marcado, su destreza y cada aspecto de su desbordante personalidad. Porque es “curioso”, “chistoso”, “entretenido”. Pareciera que, durante ciertos días, ocasiones y eventos, a los gais les entregasen un permiso que dice: “sé, está bien. Te lo permitimos”, atentamente: la sociedad. Pero la letra chiquita, en la parte inferior de esa misma tarjeta, también lee: “sólo por ahora”, en negrita y cursiva.
 
Esos días, el batutero gay es apoyado, nadie lo puede tocar, es el centro de toda atención, el foco de los celulares, la razón de cada like en Instagram. Al día siguiente, el orden regular se reinstaura. El gay es semi desechable. Que no se le ocurra caminar en público, mientras pasea por el centro comercial, de la misma manera como lo hizo un día antes. Y si lo hace, que se abstenga a las posibles consecuencias. Que no vaya a pensar que la fiesta continúa, porque la fiesta acabó. De hecho, acabó cuando, todavía en el desfile, la gente guardó sus celulares dentro de sus bolsillos al término de la pieza que regalaba la banda.

La moralidad amorfa de la sociedad panameña permite que los gais se adueñen de ciertas fechas, pero no de sus derechos humanos, no de sus luchas, no de su identidad, no de sus gustos ni vida sexual o sentimental. “Que me tiren besito desde el grillo si quieren, pero que no me cierren las calles porque quieren casarse”.
 
Esta sociedad se ríe con y de los gais, para luego pretender desautorizar su identidad cuando ya han tenido suficiente. Pero las cosas no funcionan así. Luego de gozar junto a ellos, o a expensas de ellos, la sociedad panameña se estrella con su propia doble moral cuando, por la calle, se encuentran a un gay que le guiña el ojo en público a su pareja y un par de hombres gritan: “ombeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee”.
 
Los homosexuales pueden ser: objeto de gracia, distracción, diversión, entretenimiento, donaire y esplendor.
Los homosexuales no pueden: ser.
 
Por mi parte, a veces prefiero el odio rotundo al ambiguo. No puedo evitar preguntarme por qué aquellos intolerantes que hostigan y contaminan el ambiente con sus discursos de odio y discriminación, no mantienen su perspectiva bajo toda circunstancia. Quizá porque realmente no saben en lo que creen y en lo que no, probablemente porque no saben lo que defienden ni niegan. Porque, quizá, algunos no son más que papagayos, repitiendo frases y copiando comportamientos sin analizar sus propias convicciones y condición humana, que seguramente, a menos de que sean hombres blancos y ricos, en algún momento también les fue tachada. Si realmente estuvieran en contra, lo estuviesen a toda costa.
 
Hasta cierto punto, «Bolota», el diputado que acotó el comentario homofóbico al que me referí al principio, merece más respeto que aquellos que “odian”, pero asienten.
 
¿Entonces debo apoyar la postura de cada homosexual con quien mantenga una relación amistosa o de lo contrario soy un hipócrita? No, no necesariamente. Pero tampoco te creas en la posición de autorizar y desautorizar a tu conveniencia su identidad ni las batallas sociales intrínsecas a su existencia.

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