Amor 101: «te quiero como sea»

¿Qué tienen en común esta camisa estampada, mi hermano menor, el amor, Willy de Cultura Profética y el día del padre? Esta historia.

Domingo del día del padre. Junio de 2013. Mi hermana había reservado una mesa para cenar en el restaurante de un hotel ubicado en el centro de la ciudad de Panamá. Los invitados: mi familia nuclear, parte de la extendida y algunas otras personas. Cuando llegamos nos encontramos a Willy Rodríguez, vocalista principal de la banda boricua de reggae roots Cultura Profética. Uno de mis hermanos y yo–los únicos de la familia que sabíamos quién era–nos tomamos una foto con él (la que pueden ver en la portada de esta nota. Willy es el que lleva puesto el suéter de gatitos) y luego avanzamos hacia el salón donde nos esperaba un gran banquete estilo «coma todo lo que pueda porque el mundo podría acabarse mañana». Son los favoritos de mi papá. Al ubicarnos y sentarnos en nuestra mesa, no pasó demasiado tiempo antes de que mi vestimenta pasara a ser el centro de atención y tema de conversación.

Mi manera de vestir, extremadamente normal para mí y la mayoría de mis amigos, extravagante para algunos familiares, siempre ha causado un poco de revuelo en ciertos círculos sociales. Sobretodo en la iglesia evangélica a la que asistía cuando era niño. En aquel entonces no podía comprender por qué. Para mí la ropa solo eran trapos con los que me cubría para no andar desnudo por ahí. Si tenía que vestirme, por lo menos lo haría con piezas que me gustaran.

Recuerdo un domingo de iglesia cuando tenía máximo once años. Fui tallado con mis zapatos color crema y estampado de cocodrilo a los lados, un jeans desteñido ajustado (de esos que la mayoría de los hombres usan ahora y por eso ya no se consideran «pantalones raros”), algún suéter o camisa que no recuerdo y mi cabello, pincho como siempre. Me paseaba muy feliz por los pasillos del templo cuando, de repente, veo que se me acerca una de las líderes del ministerio de niños, al que yo servía como miembro, y me dice: «usted no se puede andar vistiendo así. Usted es el hijo del pastor y todos los niños lo miran como un ejemplo a seguir». “¿Y entonces cómo rayos quiere que me vista?”, pensé mirándola a los ojos. “¿Me oyó?”, continuó ella. Aparté mi mirada de su rostro y apurado seguí de largo, iba tarde y me tocaba dirigir las alabanzas en el culto de niños. Subí al mezzanine de la iglesia, agarré el micrófono y empecé a cantar con mis zapatos de David Bowie.

Aquel día del padre, digamos que tampoco cooperé: zapatos negros—todo bien por ahora. Seguidos por pantalones blancos y coronados con una camisa de estampado animal de color turquesa con negro y medio abierta para dejar entrever mi pecho. El atuendo fue rematado por quien sabe cuántas olas en mi cabello y un juego de pulseritas en mi antebrazo izquierdo. Ahora que lo pienso, no fue nada del otro mundo. No es como si me hubiese puesto una falda dorada con apertura hasta la cadera, unas botas altas blancas y una peluca tornasol.

Las críticas, todas provenientes de la misma persona, no se hicieron esperar. Uno tras otro, los comentarios empezaron a llegar antes de que pudiera saborear mi primer plato de comida. “¿Y esas pulseritas raras?” “¿Qué es esa camisa?” “¡Mírate el cabello!” “¿Tienes la camisa abierta?” “¡Qué desastre!”. Al principio traté de manejar la situación con humor y sarcasmo, la fórmula que me ha salvado la vida durante 29 años. Hasta que, como cualquier ser humano normal, exploté. Y con un tono de voz innecesario grité: «yo no me visto para agradarte a ti ni a ninguno de los que están sentados en esta mesa». Luego me levanté y fui a buscar otro plato de pollo al curry. No quería más, pero ya me había parado de mi asiento y luego de la escenita necesitaba ir a algún lado.

Alterado por lo que acababa de pasar, harto de recibir ataques verbales similares, y mucho peores, de parte del mismo emisor durante años—a quien la vida poco a poco me enseña a perdonar, así como yo oro por recibir el perdón de quienes he lastimado—, me encontré frente a la bandeja de pollo del banquete, mi “machín” momentáneo. Entonces, vi a mi hermanito corriendo hacia mí. Se detuvo justo a mi lado y, mirándome con sus brillantes ojos marrones que todavía hoy destilan la misma dosis de pureza e ingenuidad infantil, me preguntó por qué me había puesto tan bravo. Yo solo respondí que no importaba, que no se preocupara. Aún con su mirada fijada en la mía me dijo: “a mí no me importa cómo te vistas. Yo te quiero como sea”.

Si lo abrazaba en ese momento, me emocionaría y empezaría a llorar en medio de un enorme restaurante repleto de gente. Y en aquel entonces yo era lo suficientemente inmaduro como para dejarme mortificar por esa posibilidad. Así que no lo abracé ni lloré. Solo le acaricié la cabeza como quien soba a un perro por su buena acción y seguí actuando como si estuviera sirviéndome pollo al curry. Sin esperar ni una sola palabra a cambio, el “bebín”, como todavía le decimos a veces, se fue corriendo de vuelta a nuestra mesa.

¿Habrá sido la voz de Dios? De niño me enseñaron que Dios nos habla a través de toda clase de medios. A veces mediante su espíritu, personas, sueños, visiones o audiblemente y, en ocasiones, cuando se pone bien funky, a través de ángeles o asnos. ¿Por qué no haciéndose de la voz chillona de un niño? Una vez escuché en una prédica dominical que cuando Dios te habla lo hace tan contundentemente que es imposible dudar si el mensaje provino de Él. Una parte de mí realmente quiere creer que al ver lo que estaba sucediendo Dios convocó una reunión urgente con sus ángeles en la sala de conferencias del cielo y ordenó que se ejecutara un plan de acción. La misión: sacar a Benjamín de la miseria emocional momentánea cuanto antes. Pero el Tomás en mí (el discípulo incrédulo de Jesús) a veces lo duda. ¿Por qué? Bueno, ese es tema de otra nota. Pero le agradezco la duda a mi hermanito.

Ya sea que haya sido un mensaje divino o la más sincera expresión de amor y aceptación por parte de mi hermano menor o, quién quita, una hermosa combinación de ambas, ese día el poder puro, sincero y sanador del amor me confortó. Por primera vez en mucho tiempo me sentí como un ser humano normal, como si no fuese la ficha con dos esquinas planas en el rompecabezas de mi familia.

Cada vez que abro mi armario y veo la camisa de estampado animal de color turquesa con negro, me acuerdo de la vez que un niño de 11 años supo más que montones de adultos. Te amo, hermano. Gracias por ese momento, aunque seguramente ni lo registres en tu enorme cabeza de sandía. ¡Feliz cumple! Que vengan muchísimos años más.

4 comentarios sobre “Amor 101: «te quiero como sea»

Deja un comentario