
1 de enero de 2025
¿Será un pecado empezar el año sintiéndome mal aunque no sepa por qué? Un arrebato de niño malcriado, quizá. Estoy agradecido por todo, pero recibo el año sin ánimos, como si estuviera cansado de correr una maratón. Ha pasado de repente. Estaba bien hasta que, de golpe, ya no.
Primer día del año, me lo recuerda el calendario de mi computadora y lo que pienso es: «aquí vamos de nuevo». Sentirme así no me molesta. Pienso que es normal hasta cierto punto. Lo que sí me cabrea es vivir entre mis contradicciones: estoy contento, pero me percibo pesimista al mismo tiempo. Quiero estar aquí y a la vez, sinceramente, a veces me da igual.
Vivo perpetuamente realidades múltiples que me hacen ver la vida desde todos los ángulos imaginables. Es una bendición porque me hace un ser consciente, pero también es una catana porque me atraviesa completamente.
Entre todo lo que siento, algo me queda bastante claro: ya no tengo ganas de serme insincero No me interesa mentirme ni engañarme ni pretender. Los años me restan el ánimo por la pantomima.
Si me siento así hoy, está bien. ¿Por qué debo convencerme de un optimismo inexistente ahora mismo? Respetarse es reconocerse. Mañana me sentiré mejor, y si no, pasado mañana. Y si no, veré qué hago. Lo que todos hacemos todo el tiempo es ver qué haremos. Cada día.
Deseo que este año nos susurre secretos que revelen claves de nuestras vidas para ayudarnos a «ver qué haremos».
