
Llegué al apartamento de mi amiga en el centro de Madrid. Ella y su novio me habían invitado a una de sus famosas cenas temáticas. Esta vez se trataba de una velada de pollo frito y champán. No había nada más en el menú.
Como buen soltero joven en Madrid, le eché el ojo a un chico apenas llegué. Tarde o temprano terminaríamos hablando y tendría mi oportunidad para enamorarlo con mi espectacular personalidad.
«Perfecto, ya lo tienes enfrente», pensé genuinamente un par de horas después. «Ahora solo relájate y trata de ser tú sin que se noten demasiado todas tus ansiedades».
Alonso (nombre inventado) vivía en Madrid, pero era oriundo de París y de padres franceses y tailandeses. «Yo soy de Ciudad de Panamá», supongo haberle dicho.
No sé cuándo ni cómo quedamos hablando de Dios:
La conversación cogió ritmo y advertí que por lo menos teníamos algo en común: ambos fuimos criados evangélicos. En mi mente, aquello no representaba un reto que impidiera una posible boda. Pero sí lo era el hecho de que tuviera novia, lo cual mencionó rápidamente.
Saltamos de mi «yo estoy soltero» a Dios nuevamente. Hablamos sobre nuestras niñeces eclesiásticas. Dijo que servía actualmente en la iglesia, y yo, que mis padres eran ministros.
—¿Y tú crees en Dios?—preguntó.
Tragué un chorrito de champán.
—Pues, estoy reconstruyendo todo el asunto en mi mente.
—Mmm, ¿cómo así?
—Hay cosas en las que creo y cosas en las que no.
—¿En qué cosas no crees?
Volteé los ojos hacia arriba buscando respuestas. De fondo sonaba una canción de reguetón sobre dos personas que querían desnudarse y pasar la mejor noche de sus putas vidas. Alonso me miraba fijamente esperando una reacción. En vez de sacar a relucir mi sarcasmo, me quedé esperando que la respuesta bajara del cerebro a mis labios.
—Lo primero que estoy intentando es dejar de creer todas las mierdas que, en teoría, Dios piensa de mí.
Alonso tomó un sorbo de agua y continuó:
—¿Y qué piensa Dios de ti?
—Supuestamente, que soy una escoria.
Me terminé la cuarta o quinta copa de champán. Me serví la quinta o sexta. Como torturador que tira pimienta y limón en los ojos de su víctima, Alonso estaba a punto de hacerme arder.
—¿Y qué te gustaría que Dios pensara de ti?
El líquido de mi quinta o sexta copa desapareció. Alrededor, la gente bailaba y comía pollo, dejando caer migas empanizadas de sus bocas. El bullicio de la fiesta llenaba el lugar. Yo estaba atrapado entre un par de ojos hermosos y una pregunta que nadie jamás me había hecho.
—Me gustaría que Dios pensara que, a pesar de lo que sea, soy una persona que lo intenta; que intento ser menos terrible cada día. Si existiera, sería cool que pensara en mí con amor y sin tantas ansias de castigo.
Una lágrima corrió por mi rostro. EN FRENTE DE ALONSO. «Vaya pedazo de subnormal que eres», pensé, mientras miraba alrededor, asegurándome de que no hubiera otros testigos oculares del papelón que estaba haciendo.
Agarré un muslo de pollo y fui al baño a comérmelo mientras reía de vergüenza y lloraba. Pensé: «Alonso, jódete (pero al mismo tiempo… ¿gracias?)».
¿Qué te gustaría que Dios pensara de ti?
Fui a la iglesia durante 18 años y nunca nadie me hizo esa pregunta. Quizá no le veían propósito. No importaba lo que a mí me gustaría que Dios pensara de mí, porque ya estaba escrito que Dios detestaba a la gente como yo y que me sentenciaría a la peor de las condenas.
Nunca nadie me hizo esa pregunta porque, sin importar la respuesta que diera, en la iglesia todos terminarían diciéndome que, para poder alcanzar lo que respondí, primero tendría que cambiar mi “estilo de vida”. Como si un día me hubiera despertado y decidido que, a partir de ese momento, me gustarían los hombres. Señores, ¿quién, en su sanísimo juicio, elegiría que le gustaran los hombres? ¿LOS HOMBRES? Nah. Créanme, eso no se escoge. Ese es un destino al que uno se ve expuesto sin esperanza de intercambio.
Sentí la gracia de Jesús a través de Alonso. Él me trató con una delicada dignidad que nunca encontré en la iglesia. Su pregunta me hizo pensar que tenía derecho a la redención, que podía aspirar a evolucionar como ser humano. En ese instante, reconsideré una posible reconexión con Dios desde mis limitaciones como mortal de carne y hueso.
Viví esa interacción a mis 30 o 31, pero estoy publicándola aquí a mis casi 35 años. Atravieso una etapa en la que, según mi psique y mi terapeuta, estoy listo para conciliar mi sexualidad con mi espiritualidad.
Todavía no he programado la próxima cita con mi psicóloga porque comenzar el proceso me asusta un poco. Sé que tendré que enfrentarme a gigantes y darle la espalda a muchas creencias tóxicas que me han mantenido de pie durante décadas, por dañinas que sean. Será una temporada de mucha turbulencia, pero estoy listo. No por falta de miedo, sino por deseo.
Soy capaz de ver mi interior y darme cuenta de que creo en una versión de Dios que ha sido deconstruida a través de los años y que, poco a poco, vuelve a forjarse en mi mente y dentro de mi corazón. Soy un homosexual creyente. Y de alguna manera tendré que estar en paz con eso. De alguna manera tendré que habitar ambas realidades.
Me rehúso a abandonar mi fe. Me rehúso a vivir una vida alejada de la espiritualidad que mi alma pide. Y me rehúso a aceptar que yo, en mi totalidad, no pueda vivir cerca de la energía suprema que me creó.
Si estás leyendo esto y piensas que no es posible, espero que tu veneno nunca me contamine. Espero que encuentres paz lejos de mí.
La conexión del ser humano con su Dios—o como se te antoje llamarle a tu fuente infinita de vida—no es privilegio de unos cuantos elegidos. Al carajo con esa creencia incapacitante y excluyente. La espiritualidad, en cambio, debe ser accesible para todos. Quienes se jactan de vivirla sin compartirla generosamente, están intoxicados por la discriminación de sus sectas.
Me queda claro una cosa: Dios te habla cuando menos te lo esperas, incluso en medio de pollo frito, reguetón y champán.

AMÉ🩷 te entiendo 100% y de acuerdo contigo…. Dios nos habla en los momentos más inesperados
Me gustaMe gusta
AMÉ🩷 te entiendo 100% y de acuerdo contigo…. Dios nos habla en los momentos más inesperados
Me gustaMe gusta
AMÉ🩷 te entiendo 100% y de acuerdo contigo…. Dios nos habla en los momentos más inesperados
Me gustaMe gusta