Trinidad de limusinas

Apunta su dedo sobre mí
el gran juez venerado
por los señores
y las damas de peticote.

Cuando me pienso bueno,
el reflejo de las cosas se burla de mí
y en la calle recitan mi pasado
gente que desconoce mi nombre.

La trinidad desciende en tres limusinas,
pero me quedo sin asiento.
Una vigilante se da cuenta y
me arrastra a su calabozo,
donde me sentencian
a bailar eternamente sobre agujas.

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