Un homosexual creyente

La conclusión de la última terapia con mi psicóloga es que estoy listo para conciliar mi vida espiritual con mi identidad sexual. No es tan sencillo como suena, porque soy el hijo homosexual de un predicador evangélico pentecostal que asistió a la iglesia dos o tres veces por semana desde que nació hasta cumplir los dieciocho.

Crecer entre sermones, vigilias de oración, clases bíblicas, ayunos y campamentos espirituales me dejó marcado por una abstracta dualidad: la iglesia me enseñó dos versiones de Dios. Una, la del castigador iracundo inmisericorde; otra, la del ser de luz compuesto de amor.

Sin embargo, el Dios que YO siento dentro de mí es ese ser de amor infinito que reconozco día a día. Siento a Dios, y creo que hay algo en el universo que me escucha cuando oro.

El amor de Dios suele encontrarme en lugares donde reina el moho y la podredumbre. El amor de Dios está a mi alcance y no es negociable. Es verbo. Palpita.

Mi mente está convencida de que Dios—no como imagen, sino como energía suprema—existe y es un ser amorfo hecho de amor. Por eso ya no me hace sentido la existencia del infierno. No puedo creer en un Dios compasivo de su creación que decida condenar eternamente al lago de fuego a un mortal de carne y hueso, por más malo que haya sido en vida.

Si yo, un humano defectuoso, puedo ejercer empatía por las personas más viles del mundo al conocer detalles sobre sus vidas, cuánta más comprensión podría derramar Dios sobre esas almas trastornadas.

Pero justo ahí aparece la paradoja: la misericordia que creo que Dios ofrece al mundo no es la misma que yo me concedo. Soy mucho más duro conmigo mismo que con cualquier otra persona. Así que, por tonto que parezca, para mí el infierno es irracional, y aun así sigue siendo una de mis creencias más arraigadas.

Una de las influencias más grande en mi vida es la Biblia. Ahí está el verdadero trabajo pendiente, porque siento a Dios en mi sangre, pero también me enseñaron que Dios detesta mi naturaleza.

En medio de ese conflicto interno, apareció una señal inesperada durante un viaje a París. Entré por curiosidad a una librería y, recorriendo los pasillos, el nombre de un libro llamó mi atención: The Koran and the Flesh (El Corán y la carne, en español), de Ludovic-Mohamed Zahed.

En esta obra biográfica, Zahed, un hombre musulmán, narra cómo descubrió su homosexualidad en la mezquita y el camino psicológico, emocional, físico y espiritual que recorrió buscando conciliar su identidad sexual con su identidad espiritual.

No solo lo logró: se convirtió en imán (el equivalente a cura o pastor en el islam) y fundó una mezquita destinada a acoger a musulmanes queer.

Su historia me pareció fascinante, y la encontré justo a tiempo. Me recordó que la reconciliación entre fe y sexualidad no solo es posible, sino profundamente humana. No quiero fundar una iglesia evangélica exclusiva para personas queer, pero sí quiero estar en paz con mi vida espiritual y dejar de renegar a Dios.

Si Zahed y los miembros de su mezquita en París han podido lograrlo, quizá yo también. ¿Por qué un homosexual estaría destinado a vivir exento de espiritualidad y del amor de Dios? ¿Quién dijo? Bueno, millones lo dicen. Pero la homosexualidad en sí, al menos en el contexto de mi vida, ya es rebelión. Y la mayor rebelión de todas, supongo, es ser un homosexual creyente libre de existir entre su multidimensionalidad.

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