Diario: la muerte dijo «toc, toc»

4 de noviembre de 2025

¿Qué se hace con tanto amor rezagado? ¿Dónde lo guardamos? ¿A quién se lo entregamos? Mañana amanecerá y, descaradamente, la vida soplará aliento en nuestros pulmones y, queriendo o no, tendremos que levantarnos de la cama, preparar huevos revueltos, ducharnos y salir a trabajar e interactuar con extraños. Extraños que se sienten igual. Extraños que esconden dolores inimaginables detrás de sus dentaduras blancas y alineadas.

Torbellino de telas usadas que terminan siendo regaladas. Queda uno que otro recuerdo, pero, sobre todo, el remordimiento de no haber rodeado con mi brazo esa espalda adolorida y cargada de pruebas—¿divinas o satánicas?

Así es la existencia: absurda, al revés, bella, gris, borrosa, clara, incomprensible, dura, plena, compleja. Esta es la vida mortal que afrontamos con valentía, aunque no lo parezca. Recorremos la ruta sabiendo que no existen garantías. Aun así transitamos el camino de la incertidumbre, como profesionales del dolor, como si hubiéramos vencido millones de vidas previas.

Habitamos en medio de un ciclo constante de situaciones disparatadas. Y, entre montañas de agujas, hallamos la manera de respirar la vida que nos queda: con el ánimo por el piso, la esperanza lacerada, el corazón apuñalado y los pensamientos oscurecidos.

No hay explicaciones, y no sirve de mucho buscarlas.
Mejor bebamos de la fuente de vida eterna.
Llenemos nuestros pulmones del aire que corre por la Tierra, libre de ataduras.
Que el agua cristalina de las cataratas que rugen en el mundo nos ahogue en su gracia.
Que el frío de los polos nos renueve.
Que las voces amigas nos consuelen.
Que la fuerza suprema nos acoja en sus brazos hoy, mañana, pasado y siempre.
Que el núcleo de la tierra—donde nacen las flores y plantas que aún no se han descubierto—nos apriete y nos susurre cada día: «de aquí también saliste tú».

¿Cómo es posible? Nadie lo sabe, pero lo logramos. Avanzamos con las manos magulladas y los cuerpos hinchados, con la sangre infectada y el dolor acumulado por todas las oraciones que nunca elevamos.

El cansancio de un amor que queda sin cuerpo para habitar y que ahora no sabemos dónde esparcir. Nos preocupa que expire, que deje de existir sin un dueño que lo absorba.

Todas las criaturas del mundo lloran contigo, hombre doliente.
Pero, que lo sepas: todos también oramos de rodillas por tu paz.
Que la senda de los cerezos nos guíe hacia el lago eterno de la tranquilidad y que nademos en él desnudos, cubiertos por la sangre que nos prometieron las profecías desde el día en que nacimos.

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