El Santo de Venus

Cuando la luna se llena, las amapolas de tus ojos florecen.
Las lágrimas que brotan de tus penas las mantienen hidratadas.

Eres como las estrellas del firmamento: misterio, luz, incomprensión.
Ante tanto desorden, decidiste crear tu propio mundo porque, a pesar de las bombas que desmembran niños, tu carácter conserva la sutileza y el don de distinguir esmeraldas en las esquinas más sangrientas de la Tierra.

Dentro de ti corre un río repleto de hojas a las que el tiempo ha concedido descanso. En tus aguas saltan millares de salmones morados que no encuentran consuelo en ningún otro sitio. Tu corriente sacude la timidez e incita la rebeldía necesaria para levantarse y gritar: «BASTA».

Al otro lado del poderoso torrente de tu cascada veo jugar a todos los niños que nunca nacieron.
Viven en un cielo reservado para ellos, esperando el día en que finalmente puedan conocer a sus padres.
No lloran ni patalean. No conocen la aflicción que gobierna el mundo al que nunca pertenecieron.

En la tempestad más destructiva me cuelgo de tus manos callosas y ásperas: el único refugio donde me siento a salvo de los horrores fermentados que la vida pretende obligarme a beber. Yo solo quiero reposar en tus cicatrices, arroparme con tu piel herida y beber el bálsamo de tu sangre escarchada.

Cuando el camino me asusta, me atraviesas con tu mirada de fuego y mis pupilas se derriten.
Nadie puede resistir tu gracia. Tu luz ilumina los confines del mundo malditos por el llanto de las madres que cantan al unísono: «Llévame con ellos. Estamos listas. Ya no hay nada aquí para nosotras».
Escúchalas piadosamente y recorta sus días, para que hallen descanso eterno junto a sus hijos e hijas, arrebatados por conflictos que nunca nadie les explicó.

Tu susurro escondido en el viento calma los corazones que esperaban milagros que no se cumplieron.
Mandaste ángeles a consolarnos, pero no tienen alas ni se parecen a nosotros.
Son troncos de árboles con las ramas abiertas, esperando que nos acerquemos a meter entre sus ranuras las oraciones que no llegan hasta el cielo por el ruido de los carros.

Dicen que en ti solo brilla la bondad de todos los dioses plásticos que nunca estuvieron a tu altura.
Derrama tu gracia sobre el universo que creaste.
Detona tu poder en los recovecos más puercos, en los callejones donde el pavimento está cubierto de jeringas.
Danos respiración boca a boca para experimentar la santidad que cubre tu reino.
Sopla tu aliento helado en los bosques ardientes.

Me han contado que tras tu paso dejas un camino de pétalos para que todos los desgraciados del mundo sigamos tu rastro.
El fantasma de mi abuela me dijo que eres santo en el mundo, en el cielo y en Venus.
¿En qué otro planeta ostentas vestiduras prístinas?
¿Podemos colgarnos de ellas y viajar contigo por las nubes?
Llévanos de paseo al cielo: déjanos verlo una sola vez, aunque después debamos descender a la realidad gobernada por el tiempo, inmisericorde.

Los dados de la fortuna cayeron ante mis pies y dictaron su sentencia:
«Sobrevivirás. Tú, que a veces no quieres estar aquí: perla enlodada que habita porquerizas. Rubí volcánico».
Y acepté mi destino con una sonrisa de oro.

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