Diario: correr las cortinas

8 de diciembre de 2025

Todo tiene su tiempo.

En la noche cierro las cortinas, que son las más negras que existen. No las atraviesa ni el más mínimo destello. Mi cuarto queda inmerso en la oscuridad más profunda. Abro los ojos y existo en la nada. Y me siento tranquilo, porque ha llegado el momento de dormir y no hay rastro de luz en la habitación. Mi gata acostada sobre el escritorio. El abanico de techo a la máxima potencia. Aunque haga algo de calor, me duermo arropado.

Pero después amanece.

Despertarme, estirarme en la cama y caminar hacia las ventanas para correr las cortinas de par en par. Dejar que la luz natural panameña—bendita—encandile todo cuanto alcancen sus brazos. La oscuridad sale corriendo por la rendija de la puerta, ahuyentada por el sol, una fuerza mayor.

Abrir mis cortinas y ser impactado por esa megaestrella representa un momento de renacimiento diario. Ese acto tan simple regenera mi energía. La luz natural panameña tiene un efecto purificador en mí. La luz natural panameña pica, penetra, te hace fruncir el ceño. Contra toda queja, nos llena de vida.

Ni siquiera importa si amanece lloviendo o nublado. A alguna hora del día Panamá regalará su luz, y las plantas se voltearán hacia ella, convirtiendo su energía en vida silenciosa y verde. Nosotros nos pondremos lentes oscuros o sacaremos los paraguas para refugiarnos de los rayos que nos atropellan con su poder, pero la luz seguirá ahí, indicándonos por dónde caminar.

En el trópico no se habla mucho sobre depresión estacional porque pocos conocen de qué va. Aquí hay sol o lluvia, y sol con lluvia, y llueve con sol y se casan dos viejos. Y se puede derramar el cielo y estancarse en las calles, pero igual vamos camino a la playa. Porque nos hemos acostumbrado a que, tarde o temprano, la luz saldrá.

Estoy en mi cuarto de nuevo. Acabo de abrir las cortinas. La luz impacta mis ojos y veo amarillo. Mis retinas, mis iris, deben acostumbrarse a este accidente natural: un cambio de realidad abrupto para el cual nunca me preparo. Probablemente me estoy haciendo daño. No me importa demasiado. El momento nunca falla en hacerme sonreír.

Afuera los pajaritos cantan. De hecho, llevan cantando desde las 5:00 a.m. y no se callarán hasta alrededor del mediodía. Las personas que reciban mis mensajes de voz enviados durante la mañana escucharán el lenguaje de las aves de fondo.

A la hora del desayuno, el café y la lectura, encuentro un pequeño espacio en la terraza trasera donde el sol le pega directo a alguna parte de mi cuerpo. En pocos minutos, los vellos de mis piernas se vuelven rubios. La comida no se enfría tan rápido y puedo leer con calma, antes del remolino de decisiones que la adultez me obligará a tomar apenas dé el último sorbo de café.

Ese momentito—de luz contra mi cuerpo, café casero, desayuno simple y mi libro del día—es mi oración diaria. Dios, que todo lo sabe, sabe que mi corazón brilla de agradecimiento, que a esa hora soy feliz. Y nadie me arrebata ese instante. Ninguna falsa urgencia. Ningún nuevo chat. Ninguna notificación.

Y soy feliz.
Y estoy tranquilo.

Todo lo que mira hacia mi espalda nunca estuvo ahí. Solo existe la luz contra mi cuerpo, el café casero, mi desayuno simple y mi libro del día.

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