
«Hueles a sol», me dijeron.
Tenía mucho tiempo sin oír esa frase. Es muy común en Panamá.
El sol sobre la piel huele. Pero no es un olor que pueda describir, es más como una certeza.
Tú sabes cuando alguien huele a sol, lo cual significa que la piel y la ropa de una persona han sido quemadas por el abrazador sol panameño.
Algunos consideran que oler a sol es puramente sinónimo de austeridad o incluso pobreza. Si hueles a sol es porque no tienes carro, porque usas transporte público, porque te toca caminar—lo cual en esta ciudad es visto como la cosa más extraña del mundo.
No hay nada más panameño que oler a sol. No es lo mismo que el olor a sudor seco. Para mí es algo mucho más intangible. Es una condición panameña. Es vivir en el trópico y exponerse a su entorno.
Ninguna colonia vence la fragancia del sol. Cuando sus rayos penetran tu cuerpo, reposado en humedad, tu piel muta. Te transformas en un dispensador del perfume de esa estrella de fuego que nos sancocha desde arriba.
En Madrid nunca me decían que olía a sol, ni siquiera durante el verano.
Puede que oler a sol sea consecuencia de la escasez de árboles, pero también es parte de nuestra identidad. Es la irrefutable confirmación de que estás en PTY. Es la prueba de que sigues en movimiento a pesar de la hostilidad.
Extrañaba que me lo dijeran.
Estoy en casa.
Huelo a casa.
Pertenezco aquí, aunque a veces me cueste aceptarlo. Aunque tenga ganas de regresar a donde fui feliz de otra manera.
Soy hijo del mar y del sol, como todos los panameños. Y de la lluvia.
Y de las iguanitas que nos dan las buenas noches.
Y de los sapos aplastados por los carros.
Y de los ñeques que son dueños de Clayton.
Soy de aquí, donde casi todos los días se escuchan fuegos artificiales en algún lado de la ciudad capital.
Donde la gente vive un poco a la defensiva porque el tráfico nos trae locos, el pan no se consigue fácil y las medicinas están casi igual de caras que la renta.
La gente anda cabreada, con razón. Y felices también, pero no sé cómo.
A Dios se le pasó la mano en cinismo cuando nos creó.
Somos los primeros en burlarnos de nuestras cagadas.
Y nuestro lenguaje de amor y aceptación es joder.
¿Se han puesto a pensar que muchas veces cuando mandamos notas de voz al fondo se oye el canto de las aves?
A mi casa siempre llega el eco de alguna bocina lejana disparando música a todo volumen.
El ruido de la ciudad es abrumador.
Panamá nunca se calla.
Estoy de vuelta.
Los murciélagos salen de noche a comerse los mangos del árbol que está al lado de mi casa.
De día, los jardineros, los taxistas, los transeúntes, los repartidores de comida, los vecinos y yo, también cosechamos mangos.
Ese palo de mango no cree en temporadas. Pare hijos todo el año. Es noble y fértil. Quizá es su forma de agradecer que no lo hayan talado después de tantos años de vida plena.
Escuchar el baile de sus hojas fue mi salvación durante la pandemia.
He vuelto al lugar donde el agua te abraza. Donde el mar forma parte de mi ADN.
Huelo a sol. Nuevamente.
Volví a mi cuna.
