24 de febrero de 2025
Cuando éramos chiquitos, mis hermanos y yo íbamos a casa de nuestra abuela materna y, a veces, fingíamos estar resfriados.
Llegábamos y de inmediato empezábamos a toser. Ni siquiera tosíamos fuerte. Más bien eran esbozos de tos, claramente actuados, falsos. Pero Abuelita Judy no hacía preguntas. Reaccionaba automáticamente: buscaba su tarro de miel de abeja y varias cucharas soperas gigantescas.
Ahora hablo por mí. Me decía: «aquí tienes, chinito min» (así me llamó durante mi infancia por mis facciones «asiáticas», que en realidad son indígenas). Y me daba una cucharada de miel con gotas de limón que exprimía frente a mí, y cuyo jugo salía volando por todas partes.
Ahorita, fuera de mi país, viviendo en una ciudad donde el frío se te mete por las uñas, resfriándome una vez cada tres semanas, mi mente ha reactivado ese recuerdo.
[¿Qué procedimiento, qué manual de uso, emplea la mente para decidir cuál recuerdo despertar y cuándo? ¿Qué prompt emocional debe mezclarse con cuáles señales cerebrales para que ella opte por desempolvar el archivador de la niñez? ¿Cuál es su método de selección?]
Cierro los ojos y puedo ver claramente las manos arrugadas de mi abuela abriendo el tarro de miel para calmar el falso resfriado. La veo alcahueteando nuestra mentira.
[¿Cómo se llama ese lenguaje del amor?]
De niño jamás dudé que Abuelita Judy se comía el cuento. Siempre pensé que realmente la engañábamos. Ahora lo dudo. Seguramente se reía por dentro y nos seguía la corriente para consentirnos con algo que disfrutábamos mucho y que, para ese entonces, casi representaba un ritual de bienvenida.
Podría preguntarle y resolver el misterio, pero no quiero.
Si supiera la verdad, sea cual sea, quizá una parte de mi niño interior se apagaría con el peso desabrido de la realidad. Prefiero el misterio de nuestro falso resfriado y su falso remedio. Prefiero un mundo donde no existen verdades ni mentiras, solo la dulzura de mi abuela.
Acabo de bajar al súper. Compré miel. Compré limón.
Tomé mi celular a las 11 a. m. de Madrid, 4 a. m. de Panamá, y le mandé una nota de voz a mi abuela.
