
Eres mi amor más salvaje porque sé que te irás más rápido que el resto.
Pensando en ese día, mis ojos ahora son el mar.
«Vaya y haga feliz a ese muchacho», te dijo Dios antes de encontrarme.
Tus huellas están grabadas en mi corazón de concreto.
Poco a poco pierden su efecto las pastillas, pero tus ojos no fallan en hacerme descansar.
Acostada junto a mí, me pierdo en tus pupilas rasgadas.
Sincronizo mi respiración con el ritmo de tu panza.
Y me duermo tranquilo.
Solo esas noches no me aterra el lado oscuro de la luna.
A medianoche me despiertan tu uñas contra la puerta.
En la oscuridad me levanto y golpeo mi pie con la silla de siempre.
Pero abro con gusto. No puedes hacerme enojar.
Tienes el superpoder de no ser gente.
De mi sábana caen al piso pelos que dejaste la noche anterior.
Son el souvenir de seis horas junto a ti.
Bendito tu olor a jabón de bebé. Tu olor a paz. Tu olor a miel.
Tu olor a hierba mojada es mi reinicio.
Tu olor es la vida dentro de un suspiro.
Sé que puedes sentir mi corazón porque escucho las erres que tu pecho grita.
Y agradezco tu forma de amar.
Me gusta que no respondas si te lastimo sin querer.
Tu carácter me obliga a esforzarme para
volver a ganarme tu confianza si te trato mal.
Maestra.
Que en tu mirada encuentre mapas cuando esté perdido.
Que tu olor me acompañe cuando te hayas ido.
Que siempre brille uno de tus pelos en mi ropa negra.
Que tu serenidad, las tardes a las tres, sea mi tregua.
Viniste conmigo a la terraza y estás ahí, a un metro de distancia, pero aquí.
Es tu forma de decir: «te amo».
Y yo a ti.
