Amor fracturado en nombre de Dios

Una de las injusticias más destructivas que algunos padres ejercen sobre sus hijos es reprocharles no creer lo mismo que ellos.

Hace varios años, una amiga me llamó desesperada. No sabía cómo decirles a sus padres—católicos hasta la coronilla—que se encontraba en un período de búsqueda y experimentación espiritual.

Ella vivía fuera de su país, y en medio de la soledad empezó a cuestionar aspectos profundos de su vida. Nunca sintió el deseo de rechazar la ideología que le fue inculcada en la infancia; simplemente se sintió atraída por conocer más acerca del budismo e islam.

Aunque ya era una mujer adulta, sufrió varios ataques de pánico pensando en el momento en que sus padres descubrieran que ya no iba a misa y que estaba explorando otras cosmovisiones.

Cuando finalmente lo supieron, estalló una tormenta familiar similar a la que yo viví cuando dejé de asistir a la iglesia evangélica. Le dejaron de hablar. La tildaron de oveja negra y de alma perdida.

Imagina tener un hijo, prometerle amor incondicional… y tirar esa promesa por la ventana en cuanto desarrolle juicio propio para construir su espiritualidad.

Muchos padres esperan que sus hijos piensen por sí mismos en todos los aspectos de la vida excepto en el espiritual. Eso es hipocresía. Eso es considerar la autonomía como una virtud solo si se alinea con sus expectativas.

¿Por qué se espera que, al llegar a la adolescencia o adultez, los hijos sigan respondiendo a un sistema de creencias que ya no resuena con su realidad interior? En muchos casos, ese sistema fue introducido cuando eran niños: lienzos en blanco, sin voz ni voto, moldeados según los dogmas familiares.

Pareciera que tener fe en algo deja de ser válido apenas ese «algo» no coincide con la versión heredada. ¿Quieren los padres hijos o fotocopias de sí mismos?

Puede que algunos de estos padres tampoco hayan escogido en qué creer. Quizá su fe sea el legado de generaciones predecesoras, aceptado sin más. También es posible que sean creyentes apasionados y que nunca se hayan planteado otras posibilidades religiosas, porque se sienten plenos con su verdad. O quizá sí hayan sentido inquietudes, pero no las atendieron, ni siquiera en la adultez, cuando ya son plenamente capaces de decidir por sí mismos.

Conozco casos de padres que fueron criados en una religión, se convirtieron a otra en su adultez y, sin embargo, no toleran que sus hijos disfruten del mismo derecho que ellos ejercitaron. Y cuando lo hacen, los castigan alinéandolos del seno familiar, entre otras represalias injustas e infantiles.

El argumento suele ser el mismo: «nuestra religión es la única verdadera, y todo el que no la siga está perdido». Este tipo de pensamiento ha roto millones de familias a lo largo de la historia, en todos los continentes, y sugiere, desde mi perspectiva, una homogeneización ideológica forzada, ansias de control y una imposición disfrazada de guía que obliga al hijo a escoger entre su desarrollo espiritual y el amor de su familia.

Si los padres supieran de antemano que sus hijos terminarían creyendo en algo diferente, ¿los tendrían de todas formas? Por experiencia propia, sé que muchos responderían «no». Bajo la excusa de «salvar sus almas» o evitarles castigos divinos, preferirían no tenerlos antes que verlos elegir otro camino.

La paradoja es que, probablemente, un alto porcentaje de padres creyentes de diferentes religiones—muchas de ellas opuestas—alrededor del mundo piensa exactamente lo mismo.

A todo aquel que desea ser padre o madre, le diría: examina tus intenciones. Pregúntate si estás buscando un ser humano libre o un reflejo de ti mismo. Si lo que quieres es un doble, mírate al espejo. Contémplate frente a él tanto como necesites, porque, si tienes un hijo, puede que desarrolle su potencial como individuo, lo cual implica cuestionar todo lo que alguna vez alguien más le haya impuesto como verdad.

Mi amiga, finalmente, no abandonó el catolicismo. Solo lo cuestionó. Se abrió a otras visiones y reconstruyó su espiritualidad. Hoy, su familia le habla, pero aún la mantiene a distancia.

Yo, por mi parte, recuerdo ese versículo bíblico que dice: «instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo, no se apartará de él». Es cierto. Ni queriendo ni intentando, puedo borrar el chip que me insertaron en la infancia. Ese chip—con pros y contras—sigue allí. Aunque no lo elegí, me toca seguir moldeándolo. Pero que nadie me pida creer en su versión de Dios, porque tengo la mía. Y no se parece mucho a la que me enseñaron.

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