Alguacil de cuero

Encenderé una vela al hada para que remiende tu piel con hilo de seda.

Cuando menos te reconozca, más fuerte te abrazaré.
En las noches, al presionarte contra mis rodillas, trataré de calmar tus dudas.

Te juro lealtad frente al espejo salpicado.
Te crees asqueroso porque el vidrio donde te observas lo está.

No te confundas.
El cristal expone su suciedad, que no es la tuya.

Es hermoso lo que ves porque solo tú puedes tenerlo.
¿Por qué te has creído invisible si tienes ojos para juzgar?

La suma de tus marcas dibuja un círculo perfecto:
el abrazo eterno de la piel que habitas.

Laberintos de cicatrices desde la frente hasta las rodillas,
hasta la planta del pie izquierdo.

Acaricia a tu alguacil de cuero.
Ese que con su velo satinado enrolla el flujo de tus intenciones.
Aquel vaso de cristal al que no te cansas de buscarle grietas.

Quítale el pie del cuello.
Bésalo.

Te mintieron y caíste en el engaño.
Aceptaste creer que su valor estaba en ellos.
Su propósito eres tú.

Te lleva a todas partes,
pero le exiges la perfección frágil
que ves en pantallas que se quiebran al caer.

¿Por qué ignorar el llanto del bebé que gatea adentro?

Abre tus oídos a las palabras dulces de tus ancestros.
Sigue sus susurros hacia el camino de la paz.

Lánzate al perdón como los niños al río en verano.

Que los pajaritos del bosque
te eleven hasta la copa del árbol
que sopló aliento en tu boca.

Y que por fin puedas gritar:
«bendito cuerpo mío».

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